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viernes, 2 de diciembre de 2011

Cadáveres, cakes de calabaza y otras macabras calamidades (parte 7): Fudge fatal de las hermanas Redpath

Cuando ya había llenado casi por completo el envase de plástico de arándanos y algunas moras tardías, escuché el ruido, familiar para una urbanita, de maquinaria pesada.  Nathan levantó bruscamente la cabeza en dirección al sonido, lanzó al suelo las tijeras de podar que estaba utilizando para cortar las ramas más grandes que cegaban el camino, y salió disparado como una flecha. La actitud cambiante y extraña del jardinero normalmente me habría provocado cierta prevención, pero al verlo coger el azadón sin prácticamente ralentizar el paso, con un aire decidido y ceñudo, la inquietud y la curiosidad me pudieron. Dejé el recipiente en el suelo y lo seguí al paso más rápido que me permitían las piernas.

Seguimos el sendero que marcaba el linde de la propiedad del profesor Lesage con la de su vecino. El sendero ascendía suavemente, y el ruido se hacía más fuerte a medida que avanzábamos. Sonaba como una excavadora. Nathan murmuraba algo ininteligible entre dientes, con un tono claramente furioso. Distinguí alguna sílaba suelta, que me permitió identificar lo que estaba mascullando como una retahíla de injurias. Algunas, las más sonoras, me eran totalmente desconocidas. Tomé nota mentalmente de preguntarle a Monsieur M. su significado. El profesor no era la persona adecuada para ese tipo de investigación lingüística.   

Llegamos a un claro en el que estaba trabajando una excavadora, observada con atención por dos hombres que se mantenían a distancia segura: el más joven tenía unos sesenta años y gozaba de una evidente buena forma f­isica. Tan sólo un atisbo de barriga delataba una afición por la buena mesa. Llevaba el pelo, aún abundante, más bien largo y repeinado hacia atrás cuidadosamente, poniendo de relieve la diferencia de color entre las sienes, gris acero, y el centro del tupé, de un moreno casi negro. La barba, bastante tupida, mostraba las mismas diferencias de color. Una boca casi exageradamente carnosa y de gesto cruel con marcada tendencia a la sensualidad. Las gafas, sobre la nariz aquilina, eran de montura de pasta negra, de un diseño reciente y probablemente caro. Su ropa (un jersey negro de cuello alto y una chaqueta deportiva) aunque informal, revelaba la vida profesional pasada de este hombre, hoy probablemente jubilado: era un abogado o un médico. "El doctor Bergeron, supongo", pensé, a juzgar por la mirada de franco odio que le estaba dirigiendo Nathan, las manos apretando el azadón con una fuerza que hacía que los nudillos le palidecieran.

Bergeron, ajeno a la furia de mi acompañante, estaba enfrascado en una conversación con otro hombre mucho más mayor y mucho más alto: claramente en los ochenta y bastantes, con el pelo ralo y muy corto, casi rapado, de un blanco ceniza amarillento, un cuerpo casi filiforme, flaco, apenas encorvado a pesar de su edad, del que colgaba informe la ropa, los pómulos sobresalían de forma aguda de su rostro descarnado. El anciano tenía la tez muy pálida y salpicada de manchas de vejez, la boca curiosamente ancha y de labios finos, los ojos de un azul glacial, rematados con pestañas y coronados de cejas de la misma palidez albina que el escaso pelo que le quedaba. No daba la impresión de ser uno de esos dulces abuelitos que dan conversación a los desconocidos en las paradas de autobús. El hombre alto señalaba con determinación la zona en la que estaba trabajando la excavadora. Bergeron (ahora estaba segura de que era él, uno de los numerosos insultos que aún escupía Nathan entre dientes llevaba su nombre) le escuchaba, concentrado, y de vez en cuando parecía hacerle una pregunta.

Ninguno de los dos parecía habernos visto venir, y oírnos era imposible estando tan cerca de la máquina. Cuando empezaba a preocuparme sobre lo que tendría que hacer si estallaba una pelea, afortunadamente Nathan pareció perder una parte de su impulso. Mi movimiento instintivo de agarrarle el antebrazo para pararlo frenó por sí mismo, y sin darme cuenta me quedé con una mano apoyada en el brazo en el que llevaba el azadón, brazo que bajó un poco, hasta apoyar la herramienta en la tierra. Me di cuenta de la razón. Bergeron nos había visto. Alzó la mano enguantada con un elegante guante de cuero negro, haciendo señas al conductor de la excavadora de que parara. En el silencio que siguió nos echó una mirada fría, desprovista de curiosidad y casi totalmente de expresión. El único vestigio de emoción que parecía dejar traslucir era un ligero desagrado, como si le hubiera llegado un relente de algo que huele mal. Nadie se saludó, ni hizo ningún movimiento para acercarse al territorio del otro. Viva la buena vecindad, pensé. Casi seguro que estos dos no se llevan cookies a la puerta de casa. El viejo espantapájaros (no era un calificativo muy amable, pero era en lo que me hacía pensar) se limitó a contemplar la escena, vagamente indiferente. A mí me hubiera gustado poder tomar esa distancia, pero no podía evitar sentir que si retiraba la mano del brazo de Nathan, a la mínima provocación se lanzaría contra el vecino a alegres golpes de azada. Su madre no necesitaba un hijo en la cárcel. Le agarré la muñeca con cierta firmeza, pero él no pareció darse cuenta de mi presencia.

Nathan rompió el silencio, con un ligero quiebro de voz que delataba una cierta inseguridad ante la frialdad del hombre frente a él, e increpó: -"¡EY! ¡Bergeron! ¿Qué demonios está haciendo? " Noté la marcada ausencia del monsieur de rigor en esas situaciones. Bergeron también la notó, y su expresión se endureció.

-"Lo que esté haciendo en ningún caso es asunto tuyo, chaval."

-"Lo es, si está excavando en la tierra del profesor Lesage."

-"Si en lugar de meter las narices en asuntos ajenos te dedicaras a trabajar, probablemente sabrías que la tierra de Lesage se termina aquí. Esta parte del terreno es mía. Estoy excavando para hacer un estanque artificial. Todo ello siguiendo los sabios consejos de Fritz, experto paisajista retirado, que ha accedido amablemente a hacer una excepción y trabajar para mí en este proyecto." Hizo un ademán señalando al anciano. -"A diferencia de tí, Fritz tiene una gran experiencia y habilidad en el diseño de jardines. El músculo se puede pagar barato, pero el cerebro es lo que cuenta. Hala, sigue limpiando estiércol de caballo y déjanos concentrarnos." Y sin dedicarnos ni una mirada más, nos despidió de un gesto altanero. Estaba claro que Nathan tenía que mejorar sus dotes de relaciones públicas, pero el doctor Bergeron no me inspiró lo que se dice una simpatía instantánea. Yo tampoco correría a llevarle muffins.

Tiré suavemente del brazo de Nathan, dando la vuelta. Volvimos a los arbustos de arándanos lentamente, Nathan encerrado en sus pensamientos y aún visiblemente enfadado, yo en un respetuoso silencio. Recogí el recipiente del suelo. Alcé la vista y lo miré a la cara, intentando leer su expresión. Él se dio cuenta y esbozó una tentativa de sonrisa. -"Lo siento." Se disculpó. -"Ese hombre me ataca los nervios. Es una historia muy larga. Y muy poco interesante para tí." Cuando hice ademán de objetar, me cortó: -"La noche está empezando a caer. Es mejor que no andes por el bosque con alguien tan irascible y poco recomendable como yo." Me di cuenta de que para él era todo un esfuerzo bromear, algo que no contribuyó a borrar el tinte inquietante de la broma. Me estremecí ligeramente, incómoda.

-"Empiezo a tener frío. Vamos, si no queremos que los arándanos terminen congelados", dije.

Nathan intentó seguir bromeando durante el camino, y cuando empezó a contarme anécdotas sobre el profesor Lesage consiguió que el incidente del claro empezara a quedar lejano. -"Es un hombre excepcional", dijo, con visible afecto. -"Y se ha portado muy bien conmigo. Aunque en un principio lo detesté."

-"¿Ah, sí?" Probé, con ligereza deliberada.

-"A-já." Asintió Nathan, mostrándome su espléndido perfil mirando hacia la casa, que ya se podía ver entre el arbolado y que parecía gris a causa del crepúsculo. La luz índigo empezaba a teñir el bosque conlindante de tonos monocromos. -"Lo conocí cuando vine a pedirle que me sirviera de aval para una beca que era mi última esperanza de terminar medicina. Me dijo -muy educadamente, es un caballero ante todo- que aunque le hubiera gustado de verdad ayudarme, no podía avalarme sin cargo de conciencia, ya que nunca había sido mi profesor ni había trabajado para él, que no me conocía en absoluto en el plano académico. Ya sabes cómo es."

-"Sí", respondí, seria, -"para él la integridad académica es sagrada. No me sorprende su respuesta. No habría avalado ni a su mejor amigo."

-"Cuando se lo pedí era mi último recurso, sabía que cualquier profesor decente tendría serias objeciones. De todas maneras, poco después mi madre se, eh, puso peor y tuvo que dejar el hospital y volverse a la casa familiar. Y él profesor nos ha echado una mano: podría haber contratado a un jardinero de verdad, y en lugar de eso me contrató a mí."  Sonrisa de medio lado.

La duda momentánea de su frase no se me había pasado por alto. Imaginé varias cosas, entre ellas que su madre estaba internada en un hospital psiquiátrico. A menudo es motivo de vergüenza. -"Uhm, si tu madre empeoró, ¿fue buena idea que dejara el hospital?"

Nathan me miró un momento, sin entender. Habíamos llegado al porche trasero y nos acercábamos a la puerta de la cocina.

-"¡Ah! ¡Ya entiendo! ¡No! Mi madre no estaba en un hospital como paciente, ella es enfermera. Llevo la profesión médica en la sangre." La sonrisa con la que dijo esto último de repente se le quedó como helada en el rostro. Cansada, aterida por la humedad y sin energía para soportar otro viaje en la montaña rusa emocional de mi nuevo y guapo amigo, le toqué suavemente el brazo para sacarlo de su ensimismamiento. Nathan enfocó de nuevo la mirada en mi cara.

-"He tenido un día muy largo. Y mañana tengo que seguir provocando el caos en la biblioteca de ese cher professeur", dije.

Él sonrió. Es increíble lo radiante que puede ser una cara de facciones regulares, cuando tiene la tez apropiada y el grado justo de dureza mezclada con vulnerabilidad. Suspiro mental. Tengo que intentar de nuevo llamar a Monsieur M. Tengo un marido. Lejos, e incomunicado, pero un marido. Guapo, grande, fuerte y que se ocupa de la plancha. Zen, y sin cambios de humor bruscos.

-"Pero si trabajas mañana, pásate al final de la jornada, a eso de las cuatro, te prometo un té con muffins", añadí, dando unos cuantos guantazos mentales a mi conciencia.

-"Ah, sí, los famosos muffins de maíz. Ardo en deseos de probarlos", dijo, juguetón, mirándome a los ojos, casi al mismo nivel que los suyos porque yo ya había subido tres escalones del porche y él aún estaba en la hierba. Sostuve su mirada y la proximidad de su cara me produjo un ligero vértigo. -"Estoy contento de haberte conocido. En este pueblo no tenemos muchas oportunidades de conocer a gente nueva, sobre todo gente nueva interesante y simpática." Sonrisa encantadora. Sin aliento, no respondí. Nathan se inclinó y me besó la mejilla dulcemente, un beso muy suave y ligero, como el roce de una pluma. Después se volvió, con las herramientas aún en la mano, y se dirigió al granero. Me quedé mirándolo alejarse con ojos vidriosos mientras la mejilla me ardía. Exhalando un enorme suspiro, entré en la cocina tropezando con el rodapié de la puerta y deposité el recipiente de bayas encima de la mesa. Sentadas en torno a ella estaban dos mujeres desconocidas y de aspecto peculiar, mirándome con atención.

La más bajita y regordeta dijo, con expresión comprensiva: -"Así que has conocido al adonis local, ¿eh?"

La otra, alta y larguirucha, me alargó un plato sin mucha ceremonia y espetó: -"Come un poco de fudge. Necesitas azúcar."

Éste parecía ser mi día de encuentros. Nathan, el doctor Bergeron y ahora las hermanas Redpath. No podía tratarse de nadie más. Aún un poco deslumbrada, me senté a la mesa sin decir nada y me metí un pedazo de fudge en la boca.

(CONTINUARÁ... DESPUÉS DE LAS VACACIONES DE NAVIDAD)

El sucre à la crème o maple fudge para los quebequeses anglófonos es el postre quebequés por excelencia. A la vez simple y complejo, es el típico dulce que las abuelas de Quebec preparan con amor y regalan en Navidad. Es una especie de toffee, pero no el pegajoso succionador de empastes que conocemos en España, sino un dulce aterciopelado y cremoso, con matices sorprendentemente complejos para algo elaborado con tan pocos ingredientes.  Y muy... dulce. Básicamente es un caramelo a punto de bola flojo, al que se le añaden la nata y un aroma. Aprender a prepararlo me costó infinitas tentativas fallidas (obtenía como resultado un caramelo semilíquido que, si bien estaba delicioso como salsa para acompañar frutas y helado, no tenía la textura sólida deseada) hasta que finalmente me senté con un libro de química repostera y comprendí que cuando se trabaja con azúcar, es necesario un termómetro para confitería, y seguir las instrucciones de la receta como si fueran un evangelio. Os aconsejo que os hagáis con uno (un termómetro, no un evangelio): son baratos y hacen que cocinar la mayor parte de fudges y caramelos sea un juego de niños.

FUDGE FATAL DE LAS HERMANAS REDPATH
(SUCRE À LA CRÈME TRADICIONAL DE QUÉBEC)

Para unos 50 cubos. (Cortadlos más bien pequeños, el dulzor extremo ¡y delicioso! de este postre no empalaga si se toma en dosis homeopáticas.)

INGREDIENTES
  • 1 taza (250 ml.) de nata líquida de 35% de materia grasa.
  • 1 taza (250 ml.) de azúcar blanco
  • 1 taza y 1/2 (375 ml.) de azúcar moreno
  • 1 buena pizca de sal
  • 1 cucharada de té (5 ml.) de extracto de vainilla natural (o de arce, para los que viven cerquita y que quieran hacer la versión patriótica)
  • Nueces (opcional)

ELABORACIÓN

Cubrir un molde cuadrado (de brownies) de unos 20 cm. de lado (una fuente de pyrex puede servir) con dos tiras cruzadas de papel pergamino para hornear, que cubran el molde y sobresalgan un poco por los lados. Enmantequillar a conciencia.

En un cazo, poner a hervir la nata, el azúcar, el azúcar moreno y la sal, revolviendo bien hasta disolver el azúcar por completo (el azúcar se habrá disuelto cuando ya no sintáis esa textura granulosa rascar contra el fondo del cazo). De vez en cuando, limpiar las paredes del cazo de restos de azúcar cristalizado con una brocha o un trapo mojado. Una vez el azúcar disuelto, cuando la mezcla haya empezado a borbotear, meter un termómetro de confitería en el centro del cazo (para fijarlo, poned un cucharón o espátula de través, y atad el termómetro con cordel de cocina o cinta adhesiva), y dejar hervir a fuego medio-bajo sin remover, hasta que el termómetro indique 114ºC (116º si preferís un resultado más consistente). Retirar del fuego y añadir el extracto de vainilla (si lo añadís durante la cocción, perdería todo su aroma).

Meter el cazo -con termómetro y todo- en el fregadero lleno de agua fría (no muy lleno, para que el agua no entre en el caramelo), y deja que se enfríe, sin remover, vigilando el termómetro hasta que la temperatura haya bajado y marque entre 43º y 50º (una media hora de espera).

Sacar el cazo del agua. Ahora empieza la única parte de la receta en la que hay que trabajar un poco. Con una cuchara de madera, remover vigorosamente (depende de vuestros músculos, cuando el caramelo empiece a cobrar consistencia quizá necesitéis relevo). La manera de saber que el fudge está listo es cuando la mezcla haya perdido el brillo y se vuelva mate y espesa pero aún sea flexible. Entre 5 y 10 minutos, más o menos, con brazos gráciles y femeninos. 4 minutos con brazacos de Monsieur M.

En esta fase hay que darse prisa, o el fudge va a "fraguaros" en el cazo y la váis a liar: verter con arte en el molde previamente enmantequillado, y alisar artísticamente con una espátula de silicona. Cubrir de papel de pergamino y alisar de nuevo. Dejar enfriar una hora a temperatura ambiente y después meter en el frigorífico. Cuando haya solidificado (el resultado no es duro como un caramelo clásico, recordad, es un toffee) retirar con cuidado el papel que lo cubre y corta en cuadraditos de unos dos centímetros y medio.

Conservar en un recipiente hermético. Este dulce delicioso y suave se congela muy bien, podéis prepararlo con antelación para regalar en Navidad. No me enviéis las facturas del dentista.

(Si queréis hacer la versión con nueces, picarlas, tostarlas un poco previamente en una sartén y añadirlas justo antes de poneros a remover.)

lunes, 21 de noviembre de 2011

Cadáveres, cakes de calabaza y otras macabras calamidades (parte 6): muffins malévolos de maíz














(¿De qué va esto? Para los que necesiten ponerse al día, capítulos ya publicados de esta historia: Parte 1 - Parte 2 - Parte 3 - Parte 4 - Parte 5)

Terminé la sopa rápidamente, y después de cepillarme los dientes haciendo gala de una prolijidad excepcional (partículas de remolacha entre los dientes no-no-no), y, bueno, atusarme el pelo y maquillarme ligeramente (colorete, brillo de labios), una nube de perfume, me calcé las botas, me puse la bufanda, guantes, chaquetón de lana, cogí un recipiente de plástico de la cocina y ya estaba lista para ir a recoger arándanos. Arreglada como para ir a tomar un cóctel en el centro de Montreal. En el último momento me sentí completamente ridícula, me froté los labios con un pañuelo y me encasqueté un gorro de lana. No tenía la edad (ni el estado civil) de helarme las orejas para intentar impresionar a un jardinero, o a un operario jovenzuelo, o a lo que quiera que fuera. Demasiado lady Chatterley, incluso para mí. Un operario jovenzuelo semidesnudo en una tarde en la que la temperatura rozaba el punto de congelación, precisé mentalmente. Un operario  jovenzuelo, semidesnudo y, ohcielosanto, se me escapó en un murmuro cuando cerraba la puerta y bajaba las escaleras del porche trasero, contemplándolo mientras terminaba de apilar las balas de paja, mag-ní-fi-co. Sacudí ligeramente la cabeza, como para sacudir la idea, y me concentré en mantener la mandíbula inferior en su sitio y los ojos dentro de sus órbitas, mientras me dirigía con paso que pretendía despreocupado hacia el granero. Los buenos modales primero. Ya. Eso.

El joven giró la cabeza y me vio acercarme. Se secó el sudor de la frente con el revés del guante de trabajo que llevaba, y esperó con una mano aún apoyada en el fardo que acababa de transportar, el ademán no completamente relajado, pero tampoco tenso, media sonrisa cautelosa  empezaba a dibujarse en su cara. Conté tantas hileras de abdominales que durante un momento pensé que una mutación genética había causado que naciera con un par de ellas suplementarias. Podría haber sido el maldito Míster Septiembre de un calendario erótico-agrícola.

Era un chico joven pero un poco menos de lo que me había parecido desde la ventana: final de la veintena, pelo bastante corto, castaño muy oscuro, de un marrón chocolate cálido, muy similar a mi propio pelo, tez morena olivácea, casi mediterránea, ojos de un marrón ambarino, claro, cercano al verde, un poco extraños, una mandíbula cuadrada, dientes casi perfectos pero no tanto como los de Dan (nueva sacudida de cabeza, esta vez mental, al sorprenderme a mí misma comparando... ¿cuál era mi problema? Un poco más de una semana sin poder hablar con Monsieur M. y ya empezaba a hacer un palmarés de hombres guapos.) Hombros anchos, torso amplio de nadador, brazos fuertes. Probablemente es nadador, pensé, está depilado. Un metrosexual no me cuadra en un ambiente tan rural.

Cuando llegué frente a él se irguió: era increíblemente alto, calculé que hacia el metro noventa. Si quería dirigirme a él en lugar de a sus, ehm, fabulosos pectorales, iba a tener que subirme a una de las balas de paja. La imagen destelló en mi cabeza y me hizo sonreír. -"¡Hola!", dije en francés. En esta zona de Quebec era un saludo tentativo, era muy posible que él fuera anglófono, como Elspeth.

-"Bonjour!", respondió, con un acento perfectamente francófono. Duda despejada. Al verme más de cerca y hablar directamente a la coronilla de mi gorro de lana (imagino que estaba acostumbrado a esa perspectiva, con su altura), pareció juzgarme como inofensiva y su sonrisa se hizo más franca. -"No sabía que había nadie en casa esta tarde", prosiguió, pensaba que le professeur y la señora Dudley habían salido."

-"Oh, han salido. Sólo quedo yo. Arantza." Me presenté, tendiendo la mano. Él frunció el ceño, desconcertado, y me estrechó la mano de forma dubitativa, intentando vocalizar mi nombre, sin emitir aún ningún sonido, como entrenándose. Su reacción no me pilló por sorpresa, tras más de una década de vivir en Quebec. La esperaba aún más por el hecho de estar lejos de Montreal: el Quebec urbano es muy multicultural, pero en las zonas rurales aún no están acostumbrados a la inmigración. Y mi nombre les resulta infernalmente difícil de pronunciar. Lo repetí lentamente, y con una mano aún enguantada me rebusqué en el cuello de la camisa la gargantilla de oro con mi nombre, regalo de mi Santa Madre y que siempre me sacaba de apuros en estos casos. La señalé, él tuvo prácticamente que plegarse por la mitad para poder leerla, lo cual redujo la distancia entre nosotros de manera muy perturbadora. Olía fantástico, incluso tras haber sudado. Cachete mental. Hormonas, tranquilas, ordené sin palabras. Sentaos, tumbadas, dad la pata. Las hormonas no parecieron obedecer, a juzgar por la oleada de calor que me trepó por el cuello hasta las orejas y me produjo un sonrojo violento y repentino.

Desmañado, repitió mi nombre.

-"Pronunciación perfecta." Sonreí mi mejor sonrisa de profesora. "Y sé que no es fácil."

-"Yo me llamo Nathan." Lo pronunció a la francesa, "na-tan", con un ligero toque nasal en la ene final.  "¿De dónde proviene su nombre? Ehr, ¿y usted? Tiene un acento..."

-"Es vasco", respondí, con la soltura que conlleva la práctica. Esperé un momento y vi pintada en su cara la confusión habitual.

-"Pero su acento es hispano", observó. "Pensaba que todos los vascos hablaban francés. Aparte del vasco, claro."

Vaya, vaya. Este chico estaba mejor informado que la media. Normalmente durante las presentaciones suelo tener que comenzar por situar el continente en el que se encuentra España, así que Mr. Chippendale no sólo tenía una anatomía bastante espectacular, sino que leía. Y tenía conocimientos de geografía. Gran combinación.

-"Vengo del País Vasco español, no del País Vasco francés", expliqué.

-"Oh. ¿Y es una estudiante del professeur Lesage?"

Oleada de halago inmediato por el hecho de que me considerara lo bastante joven como para ser aún una estudiante. -"No. Ex estudiante. Ahora soy la asistente del profesor, al menos durante este mes. Y tutéame, por favor. Cada vez que me tratan de usted o me llaman "señora" pienso en mi madre." Miré brevemente a su pecho e hice un ademán señalando mi gorro y mis guantes: "¿Y tú? ¿No vas a quedarte, euh, helado?"

-"Casi había terminado." Mientras hablaba comenzó a subirse la parte superior del mono de trabajo, con una ligera sonrisa al ver la mirada fija que aún estaba clavando en su torso. Enfoqué la mirada hacia otra dirección, no sin esfuerzo. -"Ayudo al profesor con los trabajos pesados: los caballos, el establo, reparaciones menores y el, uhm, jardín." Se subió la cremallera del mono e hizo un gesto un poco incómodo hacia el desolado terreno, lleno de arbustos y malas hierbas. Estaba claro que era la naturaleza la que tenía el control del jardín de Sussman House, y no el jardinero. Esta vez fue mi turno de ahogar una sonrisa. -"No soy muy buen jardinero." Se disculpó, sonriendo él también. "No tengo experiencia en este tipo de puesto. Pero el profesor dice que está muy contento de no tener que utilizar la cortacésped ni palear la nieve en invierno. Y que le gustan los jardines a la inglesa, desordenados."

-"Estoy convencida. Si te sirve de consuelo, creo que yo tampoco soy muy buena asistente. Espero que al profesor también le gusten las bibliotecas con un sistema de catalogación desordenado." Dije, encogiéndome de hombros. Mi comentario le hizo reír y pareció sentirse más cómodo. Puso un pie en uno de los fardos de paja y apoyó los antebrazos en la rodilla.

-"¿Vives en Montreal?" Me dijo aún un poco tímido, como probando el tuteo. Los quebequeses, más formales que los españoles, tratan de usted de manera mucho más habitual, incluso cuando el trato es entre gente joven que acaba de conocerse. Suelen esperar el permiso del interlocutor antes de tutearlo.

-"Sí, Aunque me alojo aquí hasta el final del trabajo." (¿Por qué demonios le contaba eso? Hormonas, tranquilas, fustigué de nuevo. Atrás, atrás. Silla y látigo.) -"¿Y tú? ¿Eres de Ayer's Cliff?"

-"Sí. Vivo muy cerca de aquí. Acabo de volver a casa de mi madre", (expresión un poco azorada) "después de tres años en Montreal". Su azoramiento al reconocer que vivía en casa de su madre le hizo parecer repentinamente mucho más joven. Y un poco más como uno de mis estudiantes, mucho menos deseable. Exhalé un muy discreto suspiro de alivio.

-"¿Cansado de la gran ciudad?", pregunté, sonriendo, comprensiva.

-"No." Dijo, con extraña vehemencia. -"En absoluto. Estaba estudiando en la universidad, medicina, en McGill, pero tuve que dejarlo. Mi madre no se encontraba bien, estaba sola y tenía que echarle una mano." Su atractivo rostro se ensombreció.

-"Vaya", dije, sinceramente apenada por él, mirándole con una simpatía nueva, -"Lo siento. Espero que tu madre se encuentre mejor y que puedas volver pronto a los estudios. Ha tenido que ser duro dejar la carrera cuando ya habías hecho más de la mitad. "

-"Gracias. Tiene sus altos y bajos. En cuanto a la carrera... de todas maneras no me lo podía permitir. Incluso con un préstamo y una beca del gobierno me estaba endeudando de una manera terrible. También tuve que dejar el equipo universitario de natación." Esta vez fue él el que sacudió la cabeza, de una forma triste y apesadumbrada, mirando al suelo, como si cargara el peso del universo entero sobre los hombros. El corazón se me encogió un poco mirándolo. Tan joven y con un aspecto tan derrotado por el peso de las responsabilidades.

Sin saber muy bien qué hacer para animarlo, me oí exclamar: -"Me vas a perdonar, yo me disponía a recoger los arándanos que queden por aquí, si es que queda alguno que no esté seco como una pasa o congelado, y vas a probar los mejores muffins de maíz de tu vida. Modestia aparte. Soy mucho mejor repostera que bibliotecaria." Dije, levantando el bol de plástico para dejar clara la seriedad de mis intenciones.

Él rió, la expresión más liviana, y dijo: -"Uhm, eso habrá que verlo. Lo creeré cuando los pruebe." "Pero éste no es el mejor lugar para recoger arándanos. Tengo que desbrozar un poco el camino de arriba, en el límite del terreno del profesor. Si me acompañas, te mostraré dónde están los mejores arbustos."

-"Hecho", respondí. Esperé a que recogiera un par de herramientas que necesitaba, y echamos a andar en un clima de compañerismo silencioso y agradable. Tras unos diez minutos de marcha siguiendo un pequeño sendero, perdimos de vista la casa, y parecimos adentrarnos en lo que a mí se me antojaba como un bosque bastante denso.

-"El terreno del profesor Lesage... ¿es muy grande?", pregunté, sorprendida.

-"Bastante. Unos cien mil pies cuadrados. Lo suficiente para no ver ni oír a sus vecinos si no le apetece."

-"Ah. Me resulta difícil creer que tiene vecinos, me siento en pleno bosque."

-"Los tiene. Al oeste de Sussman House viven las hermanas Redpath, y al este el doctor Bergeron." Su cara parecía estar dotada de una rara movilidad, y su expresión cambió de nuevo por completo al pronunciar el último nombre. Lo dijo con desprecio, casi con asco. 

Eterna cotilla como soy, tantée, cautelosa: -"¿El doctor Bergeron no es un vecino popular por aquí?"

Él soltó una risa amarga, tan exagerada que resultó estridente: -"¡Ja! ¡No!" Su cara se oscureció de nuevo de forma muy marcada: -"El doctor Bergeron no es una buena persona." Dicho lo cual, se sumergió en un extraño mutismo, durante el que me afané a recoger arándanos de las matas tupidas y abundantes que bordeaban el sendero. No estaban tan redondos y brillantes como en septiembre, pero aún quedaban bastantes y tenían un aspecto bastante aceptable, si bien un poco arrugado por las tardes frías que estábamos teniendo. Mientras llenaba el recipiente de plástico, con la ayuda ocasional de mi acompañante, lo miraba de reojo y pensaba en que este chico tan joven y guapo tenía unos cambios de humor muy acusados, y parecía arrastrar una historia personal bastante triste: madre enferma, padre ausente, problemas económicos y familiares que le impedían terminar una formación que mejorara su futuro y le obligaban a volver a su pueblo natal. Trabajar en algo manual después de haber acariciado el sueño de ser médico no debía de resultarle fácil.

Nathan pareció darse cuenta del ambiente cargado que había dejado su último comentario, pero en lugar de dar explicaciones más detalladas añadió, con una risilla un poco fuera de lugar: -"Ya verás cuando conozcas a las hermanas Redpath. Es la pareja de viejas urracas más loca que he visto en mi vida."

Seguí seleccionando bayas en silencio, y enarqué una ceja. Un ama de llaves gótica, un jardinero apolíneo y maníaco-depresivo, un misterioso vecino y ahora una pareja de viejas locas. Y luego dicen que la gente que vive en el campo se aburre.

(CONTINUARÁ)













MUFFINS MALÉVOLOS DE MAÍZ

(Receta adaptada de "Martha Stewart's Cupcakes"). Para unos 16 muffins densos y consistentes, excelentes para el desayuno o la merienda, si queréis aplacar hambres voraces. Estos muffins están más ricos si se sirven recién horneados, o recalentados ligeramente en el horno.


INGREDIENTES
  • 1 taza y 1/4 de harina de trigo integral
  • 1/2 taza de polenta (de preferencia, amarilla) o de harina de maíz
  • 2 cucharadas de té de levadura en polvo
  • 1 cucharada de té de sal
  • 1 taza y 1/4 de azúcar
  • 1/2 taza de suero de leche. (Para hacerlo no tenéis más que mezclar un vaso de leche a temperatura ambiente con una cucharada sopera de zumo de limón, dejadlo reposar sin moverlo entre veinte minutos y media hora, o hasta que tenga aspecto "cortado", y colarlo. La parte líquida es el suero, que utilizaréis en la receta).
  • 2 huevos de buen tamaño a temperatura ambiente
  • 7 cucharadas soperas de aceite vegetal (girasol, maíz, colza...)
  • 1 taza y 1/2 de arándanos y moras mezclados (o sólo de moras, si os resulta difícil encontrar arándanos)

ELABORACIÓN

Precalentar el horno a 195º. Cubrir los moldes de muffin con moldes de papel, os facilitará mucho el desmoldado y la limpieza. Mezclar los ingredientes secos: la harina de trigo integral, la polenta, la levadura en polvo, la sal y una taza y dos cucharadas soperas del azúcar (reservar el resto).

En otro bol, mezclar los ingredientes húmedos: el suero de leche, los huevos y el aceite; verter sobre los ingredientes secos y mezclar rápidamente y lo mínimo necesario para humectarlos y formar una masa homogénea. El secreto de unos muffins ligeros y esponjosos es no batir la masa en exceso.

Llenar los moldes de muffin a unos dos tercios de su capacidad, evitar llenarlos por completo. Distribuir los arándanos y las moras por encima y espolvorear con el resto del azúcar que hemos reservado previamente.

Meter en el horno y bajar la temperatura a 190º. Hornear a la temperatura correcta es muy importante en esta receta, es lo que impide que las moras y los arándanos se hundan en la masa. Intentar no abrir el horno durante los primeros 10 minutos de cocción, es el momento en el que la masa sube más y las pérdidas de calor impedirían el levado. Después de 20 o 25 minutos, pinchar con un palillo en el centro de uno de los muffins del centro de la bandeja. Si el palillo sale limpio, están hechos. Poner la bandeja encima de una rejilla y esperar hasta que se enfríe por completo antes de desmoldar los muffins.

Estos muffins están mucho más ricos recién hechos, pero se conservan un par de días en un recipiente hermético en lugar fresco. Se pueden congelar, envueltos individualmente en film plástico y después en una bolsa de congelación.

martes, 15 de noviembre de 2011

Cadáveres, cakes de calabaza y otras macabras calamidades (parte 5): borscht siniestro de Elspeth

(¿De qué va esto? Para los que necesiten ponerse al día, capítulos ya publicados de esta historia:   Parte 1 - Parte 2 - Parte 3 - Parte 4)

Sentada al delicado escritorio reina Ana en mi dormitorio de Sussman House, cerré pensativa la pantalla del portátil y miré por la ventana situada directamente delante de mí. Hoy era un día especialmente gris y cubierto, oscuro incluso para un día de noviembre, el mes más sombrío del año en Quebec. Un poco desorientada tras ver que la luz matinal había bajado considerablemente y ahora tenía una calidad mucho más mortecina, giré la cabeza para ver la hora en el carillón pegado a la pared. La una y media. Sin darme cuenta, me había saltado la hora del almuerzo.  Menos mal que Elspeth no se ocupaba de servir la comida, normalmente dejaba algo preparado y el profesor Lesage y yo recalentábamos lo que hubiera. No me apetecía enfrentarme a la muda censura de la lúgubre ama de llaves, aún menos tras saber lo que sabía ahora. La casa estaba particularmente silenciosa: el profesor Lesage  y Elspeth habían salido al pueblo (por separado), el primero para hacer algunas compras en la farmacia y almorzar en el club de caza y la segunda probablemente para reponer sus reservas de belladona y colas de rata. O algo así.

Aprovechando esta inesperada jornada libre, yo llevaba toda la mañana leyendo sobre la historia de los criminales de guerra refugiados en Canadá, prestando una atención particular a los criminales de la Segunda Guerra Mundial. Tras la revelación que el profesor Lesage me había hecho durante el té de la víspera y que me había dejado boquiabierta, le había hecho algunas preguntas que él respondió pacientemente, pero muchas más preguntas se me agolparon en la cabeza en cuanto tuve un rato para pensar en todo lo que me había contado. A la mañana siguiente aproveché para buscar las respuestas durante una breve incursión a la biblioteca de la universidad Bishop. Tenía la excusa de necesitar cierta documentación para poder avanzar en la traducción de uno de los artículos del profesor, pero la idea de averiguar más sobre la siniestra historia familiar de la sombría Elspeth también era tentadora.

La universidad Bishop debe su nombre al hecho de haber sido fundada por un obispo anglicano en 1843, lo cual la convierte en una institución académica de una edad venerable, al menos en términos del Nuevo Mundo. Su campus está situado en una zona campestre a las afueras de la pequeña ciudad de Sherbrooke y rodeado de onduladas tierras agrícolas. Su origen profundamente inglés y su arquitectura gótica perpendicular, en el más puro estilo Tudor, convierten a Bishop en una especie de mini Cambridge, con la diferencia de estar construida íntegramente en ladrillo rojo. Ésta es precisamente la razón por la que siempre me ha encantado pasearme por los diferentes pabellones del campus: el contraste entre las colinas verdes y el rojo del ladrillo, las torres puntiagudas, los ventanales esbeltos y la tranquilidad de la vieja biblioteca.

La universidad se encuentra mucho más cercana a Ayer's Cliff que cualquier otra universidad quebequesa, tan sólo treinta kilómetros que recorrí lentamente por carreteras secundarias en el pequeño Golf gris del profesor, que afortunadamente había preferido salir a hacer recados en el Chrysler. El profesor Lesage me había dado permiso para utilizar cualquiera de los dos coches que se encontrara disponible, y había dejado las copias de las llaves en una bandejita en la mesa de la entrada, bajo la mirada llena de desaprobación de Elspeth. Probablemente Elspeth estaba convencida de que a la primera oportunidad yo me largaría tras haber llenado el maletero con la cubertería de plata, la vajilla y los paisajes al óleo de la biblioteca y el despacho.  El no tener que navegar con un coche de colección gigantesco me permitió relajarme durante el trayecto y contemplar las casas y los graneros de madera, y los rebaños de vacas que pastaban apretadas una contra otra en la mañana fría y brumosa de noviembre.

Una vez en la vieja biblioteca, sentada a uno de los antiguos escritorios de madera en un charco de luz multicolor que provenía del rosetón central, despaché rápidamente el trabajo de investigación para la traducción. Tras volver a colocar los pesados diccionarios en su sitio, busqué información en el catálogo informatizado sobre el hombre del que me había hablado el profesor. Una parte estaba disponible sólo en microfilm: leí todo lo que pude hasta las diez y media de la mañana, y después me dirigí al mostrador con los brazos llenos de libros y periódicos. Tras meter todo el botín en el coche excepto un pesado documento oficial encuadernado con una espiral, entré en la casi desierta cafetería de la universidad, pedí un café y un muffin y me puse a leer el informe de la comisión Deschênes.

Al parecer el Canadá, país acogedor y abierto, era tan acogedor y tan abierto que en las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial se había convertido en un paraíso tanto para los supervivientes a los campos de concentración, como era el caso de la difunta esposa de Lesage, una de las escasas supervivientes de Mauthausen, como para los criminales de guerra nazis, que aprovecharon la confusión del final de la guerra para comenzar de cero al otro lado del charco. Esta actitud transigente tan canadiense dio lugar a situaciones insostenibles cuando algunos de los supervivientes se toparon con sus verdugos en su nuevo país de acogida. De ahí la creación de la comisión Deschênes en 1985, cuando empezó a ser evidente que esos casos se repetían demasiado a menudo y el gobierno canadiense quiso saber a quién exactamente había dado refugio. La comisión censó 774 potenciales criminales de guerra nazis residiendo en Canadá, y reunió pruebas sólidas contra... veinte de los mismos. De esos veinte, sólo cuatro pudieron ser llevados a juicio: uno fue absuelto, se retiraron los cargos contra dos más debido a la dificultad para encontrar pruebas en Europa tras todo ese tiempo, y el cuarto fue revocado por sus problemas de salud. A pesar de los cambios en la ley sobre ciudadanía y crímenes de guerra, en Canadá sigue siendo extremadamente difícil anular la ciudadanía, juzgar o extraditar a un acusado de crímenes en su país de origen.

El padre de Elspeth era Jacob Luitjens, nacido en los Países Bajos, más conocido como "el terror de Roden". Aparentemente el señor Luitjens, célebre denunciador de compatriotas, se tomaba tan en serio su colaboración con los alemanes que incluso se paseaba con un uniforme y una escopeta de caza por las calles de Roden, pequeño pueblo de la provincia neerlandesa de Drenthe. El hombre pareció disfrutar en extremo de su poder recién adquirido, porque según testigos contribuyó activamente a la muerte de al menos 16 de sus conciudadanos, y al internamiento en el campo de Amersfoort de 62 miembros de la resistencia local. Luitjens se libró de ser juzgado como criminal de guerra escapándose al Paraguay, y de ahí, al Canadá en los años sesenta, donde comenzó una nueva vida, se casó de nuevo, tuvo una hija y se convirtió curiosamente en un ilustre profesor de botánica en la universidad de Columbia Británica, en Vancouver. Vivió tranquilamente e incluso obtuvo la nacionalidad canadiense, hasta que alguien lo reconoció y lo denunció. El gobierno neerlandés pidió su extradición inmediata. Las leyes canadienses, pensadas sobre todo para proteger a los nuevos ciudadanos perseguidos injustamente en sus países natales, dificultaron el proceso, que se convirtió en una larga batalla jurídica a la que se dio mucha publicidad, hasta que finalmente Luitjens fue despojado de su nacionalidad canadiense y entregado a las autoridades neerlandesas. Según los periódicos cumplió su pena y su paradero actual es desconocido, aunque según las hipótesis de ciertos periodistas no puede haber salido de los Países Bajos, ya que el Canadá ha prohibido su entrada en el país y su estatuto legal actual es el de un apátrida. Si no ha muerto ya debería andar por los ochenta y muchos años, una edad demasiado avanzada para vivir como un fugitivo, pensé.

Después de terminar el café hice un alto en la lectura y volví a Ayer's Cliff, donde había pasado el resto de la mañana en mi cuarto, mirando artículos sobre el juicio. Posiblemente Elspeth había adoptado el apellido Dudley, que debía de ser el de su madre o el de un matrimonio ya terminado,  para evitar utilizar el tristemente célebre apellido de su padre. Aunque me resultaba difícil imaginar a Elspeth viviendo en pareja.


Cerré los periódicos e intenté infructuosamente llamar al móvil de Monsieur M. Una vez más. Hacía nueve días que no tenía noticias suyas ni lograba comunicar con él por teléfono, probablemente seguía viajando en una zona sin cobertura. Decidí que le escribiría un correo antes de acostarme. Bajé a la enorme cocina y rebusqué en el frigorífico. Me serví un tazón de borscht y mientras giraba en el microondas (al parecer el profesor Lesage no encontraba incompatible el amor por las casas victorianas, las antigüedades y los coches de época y el uso de electrodomésticos modernos) pensé en que después de comer saldría a da una vuelta por el asilvestrado jardín de Sussman House. Llevaba todo el día sentada leyendo y no me vendría mal estirar las piernas. Puede que incluso quedara algún arándano con el que hacer una tarta en las matas de detrás de la casa, si no se habían congelado o si los mapaches habían dejado alguno. Con el tazón en la mano, miré por la ventana junto a la que se encontraba la vieja mesa de formica y que daba a la parte trasera de la casa, y lo que vi casi me hizo volcarme la sopa encima: un hombre joven, de pelo oscuro, desnudo de cintura para arriba, el mono de trabajo abierto y enrollado en torno a las caderas, salía del granero a la derecha de la casa. Qué digo un hombre: un dios griego con el torso desnudo y brillante de sudor, en una tarde de noviembre en la que no hacía más de dos grados. Acarreando balas de paja. Incapaz de sentarme, me quedé de pie delante de la silla, la cara pegada a la ventana, la mandíbula colgante.


En lo tocante a la hospitalidad y a las atracciones para mantener a las visitas entretenidas, hay que decir que el profesor Lesage parecía pensar en todo.

(CONTINUARÁ)

BORSCHT SINIESTRO DE ELSPETH


INGREDIENTES
  • 50 gramos de mantequilla o dos cucharadas soperas de aceite de oliva 
  • 6 a 8 remolachas de buen tamaño peladas y picadas en cubos pequeños (o 250 gramos)
  • media col (mejor si es lombarda) picada en juliana
  • 1 cebolla grande picada fino
  • 1 zanahoria grande picada
  • 1 patata mediana picada groseramente
  • 3 dientes de ajo picados 
  • 1 litro y medio de caldo de carne (mejor si es de ternera)
  • el zumo de medio limón
  • crema agria (o yogur natural sin azúcar), para servir

ELABORACIÓN

Calentar el aceite (o fundir la mantequilla) en el fondo de una cazuela a fuego medio-bajo y revenir lentamente la cebolla, el ajo y la col. Cuando se hayan ablandado, añadir las remolachas, la zanahoria y la patata. Rehogar un momento.

Verter el caldo, salpimentar y llevar a ebullición tranquilamente. Una vez que haya empezado a hervir, cocer durante unos 40 minutos o hasta que las remolachas estén hechas. Pasar por la batidora (al gusto, hay quien prefiere el borscht cremoso y uniforme y hay quien prefiere triturarlo sólo parcialmente, dejando pedazos de verdura. Completar con el zumo de limón y un poco más de sal y pimienta si es necesario.

Servir con crema agria al gusto y un buen pan, y comer sin dar la espalda a la puerta, por si acaso.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Un cuento de Navidad montrealés: Navidades de bolsillo (Parte 4). Christmas Plum Pudding.

-"¿Cómo os habéis enterado de que estábamos aquí?" Pregunto, mientras indico a Jules con un gesto dónde puede colgar la parka.

Jules, la cara enrojecida por el frío y una sonrisa jovial, saluda a monsieur M. y a Dan con un apretón de manos y unas palmaditas en el hombro. Monsieur M. se dirige a la nevera portátil y vuelve con una cerveza. Nunca entenderé por qué esta panda de locos adora la cerveza fría cuando vienen de un exterior a quince bajo cero.

-"Esta mañana he pasado por vuestra casa, para un cafecito espontáneo, y cuando he visto que no estábais, pensaba en volver por la tarde para felicitaros las fiestas, cuando justo he visto a vuestra vecina que salía de su casa. Me ha explicado que os habiais ido un par de días, ha mencionado un chalet, me he acordado del de Dan y le he llamado por teléfono. Voilà." Explica, jubilosa, Lady D. -"Jules y yo hemos traído un montón de cosas ricas: paté de pato a la naranja, champagne, quesos, pan... nos falta algo de postre. Pero para eso confiamos en tí." Me estrecha en sus brazos, me frota amistosamente la espalda y me deja incapaz de oponer resistencia. Monsieur M. mira a Dan con sarcasmo, y vocaliza, sin hacer ruido: -"Gracias." Dan se encoge de hombros.

-"Bueno, no había previsto, uhm, nada de postre--"

-"...y alguien se ha comido todos los scones" me interrumpe monsieur M., lanzando una mirada rencorosa a Dan, que se limita a poner su cara más inocente,

-"...y claro, existe el ínfimo detalle de que no tenemos horno", prosigo ignorando una vez más a monsieur M.,  -"pero disponemos de mucho pan, frutos secos y huevos... con un poco de alcohol para macerar las pasas y el resto de las frutas, puedo hacer un pudding de Navidad tradicional inglés...", pienso en voz alta. La idea de una Nochebuena romántica apartada de mi mente con resignación (más o menos), acepto que vamos a celebrarla en grupo. Y mi cerebro está lanzado en modo estratégico. Supongo que es la costumbre de llevar la intendencia de cocina.

-"El alcohol no es problema", dice Dan, con cara de pillo, blandiendo una botella de scotch. -"He encontrado las reservas de tu hombre." Monsieur M. se apresura a intentar quitarle la botella de un zarpazo, pero Dan es más rápido y la pone fuera de su alcance.

-"Pero la falta de horno... ¿no va a ser un problema?" pregunta Lady D.

-"No, el plum pudding se cocina al baño maría. Normalmente uso un molde especial, con tapa hermética, pero creo que metiendo una cacerola pequeña dentro de una cazuela más grande podría arreglármelas. Se  llama plum pudding, pero la receta tradicional no lleva ciruelas. Aunque mi versión sí. Los nombres de las cosas deberían de ser representativos." Digo, doctoral. Y me pongo a buscar cacerolas.

-"Cierto. Como "navidades románticas en el bosque", gruñe monsieur M. Me vuelvo y lo miro, llena de censura. Él suspira y ayuda a Lady D. con su mochila. Los dos se ponen a organizar dónde van a dormir las visitas.

Al cabo de un rato, el fuego ruge en la estufa, el pudding cuece tranquilamente en la cacerola, Lady D. tararea por lo bajo villancicos mientras corta pan para tostar, Dan asa castañas en una sartén e intercambia bromas con monsieur M. y Jules nos ha servido una taza de vino caliente y especiado. El ambiente cálido y el buen humor de las visitas parecen haber aplacado a monsieur M., que ríe con esa risotada suya que hace temblar las vigas del techo, cuando llaman a la puerta a grandes golpes. Con una sensación de déjà vu, abro la puerta.

-"¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad!" Una oleada de aire frío y un corpachón enorme se me echan encima. No, no es Papá Noel. Es mi cuñado, Cuñado Lascivo, el hermano mayor de monsieur M. Aparte de la constitución y el legendario ancho de tórax de los hombres de su familia, Cuñado Lascivo no tiene gran cosa en común con su hermano. Su estrecho abrazo me saca todo el aire que tenía en los pulmones, y me asfixia momentánemamente. 

Monsieur M. viene al rescate, obligándole a moverse para cerrar la puerta, cuando en el umbral aparece Cuñada Autoritaria, mujer de Cuñado Lascivo, que le dice con una sonrisa torcida: -"Cariño, déjala que respire." Mientras echa sin mucha ceremonia en los brazos de monsieur M. unas bolsas llenas de lo que parece ser comida, se dirige a él: -"Espera, no cierres. Ahí vienen los demás." Y añade su enorme parka a la pila que ya llena los brazos de mi confuso marido. -"Cuélgame esto, anda."

-"¿Los demás?" Pregunta monsieur M.

Cuando consigo zafarme de mi cuñado y ver más allá de su pecho, veo que entran en tromba Flaming-Hot-Sister, (hermana de monsieur M.) y Fornido Sobrinazo 1, uno de los dos sobrinazos gemelos, los fornidos retoños de Cuñado Lascivo y Cuñada Autoritaria. Monsieur M. y yo nos miramos, boqueando como peces, de puro asombro. Cuando creo que ya no va a entrar nadie más, veo que detrás del sobrinazo llegan una jovencita adolescente de enormes ojos azules y cara de Barbie, y un hombre desconocido de mediana edad.

Mientras monsieur M. y yo recogemos las parkas de las manos de los recién llegados y las vamos apilando en el suelo, bajo los colgadores (que ya están llenos), todo el mundo da besos y apretones de manos a todo el mundo, y se llevan a cabo las presentaciones. Fornido Sobrinazo 1 me presenta a la jovencita rubia, rodeando sus delgados hombros con un brazo gigantesco y posesivo: -"Mi novia, Jolie, que pasa las fiestas con nosotros." Hago lo que puedo por saludar lo más amablemente posible a esta chica con aspecto de muñeca, intentando ignorar el volumen increíble de las múltiples conversaciones que de repente llenan por completo esta minúscula y -no hace tanto tiempo- solitaria cabaña. Flaming-Hot-Sister se acerca del brazo del hombre de mediana edad, y lo presenta como Guy, "un buen amigo", y un guiño que acompaña la presentación me indica que su última cita al fin dio resultado. Guy, un hombre menudo, bajito y medio calvo, con cara amable y aspecto tímido, sonríe de forma inofensiva mientras me da la mano.

Mientras yo me pongo en modo anfitriona (puro automatismo), y empiezo a buscar algo que pueda servir como asiento a tanta gente, oigo a monsieur M., mucho menos ceremonioso con su clan, que pregunta con su voz estruendosa: -"¿Quién os ha dicho dónde estábamos?"

Cuñado Lascivo pellizca con desenvoltura una nalga de Lady D., que pega un salto sorprendido, y responde: -"Flaming-Hot-Sister no conseguía hablar contigo, M., tu móvil parecía desconectado, así que ha llamado a Lady D., que le ha explicado que probablemente donde estabas no hay cobertura, y nos ha enviado a todos un mapa para llegar hasta aquí. Hace siglos que tenía ganas de volver a sacar la motonieve, y ¡ha sido la ocasión perfecta!", termina, muy contento. Y da otro pellizco a Lady D., que inmediatamente se aleja de él todo lo que permite el espacio restringido de esta sala llena de gente. Cuñada Autoritaria le lanza una mirada aviesa.

Monsieur M. y yo nos miramos brevemente a los ojos y experimentamos esa comunión de sentimientos perfecta que ocurre en las parejas de vez en cuando: los dos queremos retorcer el cuello de Lady D. y enterrarla detrás del chalet.

-"Fornido Sobrinazo 2 nos ha traído a Jolie, a mí, a Guy y a Fornido Sobrinazo 1 en su pickup-monstruosamente-super-todoterreno. No pensaba  que pudiéramos llegar hasta aquí, pero lo hemos conseguido", dice Flaming-Hot-Sister, mientras enciende un cigarro. Monsieur M. le quita inmediatamente el cigarro de un tirón y gruñe, visiblemente de malas pulgas: -"Ni hablar. Afuera. Necesitamos todo el oxígeno disponible. Especialmente con este llenazo." -"Vaale, hombre." Replica su hermana, -"¿Qué se bebe aquí?" mirando alrededor.

Dan sirve un vaso de tinto a Flaming-Hot-Sister mientras yo digiero la información: -"Si el que os ha traído es Fornido Sobrinazo 2, eso quiere decir--" La puerta se abre de par en par, dejando entrar una nueva ráfaga de aire helado. La tranquila nevada parece haber arreciado.

-"Creo que voy a apagar el fuego. Total, la puerta lleva abierta la mitad de la noche", masculla monsieur M.

-"La proximidad también sirve para mantenerse calentitos", dice Lady D., arrimándose un poco a Jules.

Fornido Sobrinazo 2 anuncia a grito limpio: -"¡Echad un vistazo afuera!". Su monstruoso camión tiene todos los faros encendidos, incluídos los de encima de la cabina, que se usan para la caza nocturna. Cegados por la luz que invade la cabaña, monsieur M. y yo pestañeamos como ciervos paralizados en medio de la carretera. Miro por la ventana y descubro con estupor que Fornido Sobrinazo 2 tiene un enorme generador en la caja de la camioneta que funciona a plena marcha, y ha enchufado unas luces navideñas con las que ha decorado el abeto más cercano a la casita. Oigo un ruido mucho más fuerte que el ya ruidoso motor del generador, y distingo música rap a todo volumen: Fornido Sobrinazo 2 ha venido bien equipado, ha traído también un enorme CD portátil, y lo ha encendido en el porche. Entra con paso de elefante y anuncia a todo pulmón: -"¡También he traído el karaoke!" Mientras se quita las botas gigantescas (¿qué demonios han comido estos chavales en la infancia? los dos tienen aspecto de luchadores profesionales que han pasado la gestación marinando en esteroides) olfatea los olores de la cocina y suelta: -"¿Qué se come aquí?" Empiezo a constatar un cierto parecido de familia.

-"No tenemos pavo." Lanzo, con la esperanza de que la ausencia de carne los desanime a todos y se vayan.

-"Eso se arregla rápido. Ahora mismo te mato algo", bromea Dan, cogiendo su carabina, que reposaba apoyada en la pared.

-"Empieza por mis sobrinos. Son los que más comen." Rezonga monsieur M.

-"Tenemos muchas cosas para picar. Hay para todos." Dice la eternamente optimista Lady D.

-"Y después de cenar karaoke y... ¡he traído el BINGO!" Anuncia Flaming-Hot-Sister, alborozada. Con el alborozo olvida la prohibición y enciende un cigarro. Echa una bocanada de humo hacia Dan, que agita un poco la mano delante de la cara.

Decido dejar de hacer la anfitriona, que cada uno se las merengue como pueda. Mientras sigue la búsqueda de asientos y Fornido Sobrinazo 1 se aplica a fabricar un banco con una tabla y dos cubos, me voy a vigilar el pudding. Monsieur M. y Dan se acercan al mostrador.

-"Euh, lo siento, chicos. No creía que esto iba a terminar pareciéndose al camarote de los hermanos Marx." Dan hace lo que puede por mantener una expresión contrita mientras se disculpa. Pero se le nota que se lo está pasando en grande.

-"Yo creo que no hay suficiente comida", me dice monsieur M., con ligero aire de desesperación, -"Si nos damos prisa, aún pillamos algo abierto en Montreal."

Miro un momento por encima del hombro a toda esa gente que se agita en la ahora ridículamente pequeña cabaña, sintiendo una fuerte tentación de escuchar a monsieur M. y salir huyendo. -"Karaoke. Bingo." Murmuro, tapando la cazuela del pudding. -"Si alguien propone jugar a las cartas, cojo la escopeta de Dan y me pego un tiro en la boca." 

-"¿Una partidita de brisca mientras se hace la cena?" Oigo decir a Guy.

Dan va a buscar la carabina y me la tiende: -"Hacia arriba, en el paladar. Es lo más eficaz."

Monsieur M. se acerca y me susurra a la oreja: -"Abrígate. Parka, pantalón de esquí y botas. Te espero fuera."

Veinte caóticos minutos más tarde, un poco aturdida, me pongo el abrigo y murmuro algo sobre salir a buscar leña. Excusa inútil, porque dentro del chalet hay un estruendo de mil demonios y nadie me escucha. Fornido Sobrinazo 2 ha metido en casa el enorme CD portátil, está haciendo de DJ con entusiasmo y algo que se parece vagamente a "Feliz Navidad" en versión de los Pitufos Makineros resuena a todo volumen. Lady D. baila con Flaming-Hot-Sister, que ahora encadena un cigarrillo tras otro sin ningún recato y lleva una colilla colgando del labio inferior. Cuñado Lascivo jalea dando palmas, sentado en el banco improvisado, mientras Guy y Jules juegan a las cartas. Cuñada Autoritaria ha conseguido acaparar a Dan y se ha puesto a dar órdenes en la cocina. Fornido Sobrinazo 1 y la bella Jolie se besan con entusiasmo en el sofá, y parecen encontrarse en un punto cercano al coito. Me deslizo discretamente por la puerta.

Fuera, la calma es de un contraste violento con el ambiente dentro del chalet. Miro brevemente por encima del hombro. Por la ventanita de la cocina veo a toda esa gente a la luz dorada de las velas, como si fuera un mural navideño pintado por un artista trastornado. Monsieur M. está sentado en las escaleras del porche, esperándome. La nevada se va calmando. De vez en cuando cae un copo ligero, lentamente. Me siento junto a mi hombretón quebequés y le hago esa pregunta que intento no hacer nunca a nadie: -"Hola. ¿En qué estás pensando?"

Me mira con media sonrisa: -"En cuatro metros cuadrados. Doce personas. Una cama."

-"Ah." Respondo. Y apoyo la barbilla en una mano enguantada. Un copo me cae exactamente en la punta de la nariz. La arrugo un poco hasta que desciende hasta el labio superior. Saco la lengua y me lo como. Minúsculo y húmedo.

Monsieur M. se levanta y me ofrece el brazo. Galante, mi chico. Empezamos a pasear, disfrutando de la tranquilidad. Damos una vuelta entera al chalet, admiramos los abetos con las ramas pesadamente cubiertas de nieve. Si  no fuera por el ruido del generador, hasta el abeto decorado me parecería perfecto. Nuestro paseo se termina delante de la motonieve en la que hemos llegado hace lo que parece un siglo. La miramos.

-"Si salimos ahora, a las tres estamos en casa. Sin correr." Propone suavemente monsieur M.

-"Ya sé." Respondo.

-"Solos." Añade.

-"Sí". Digo.

-"Sin sobrinazos, sin karaoke." Insiste.

-"Sí". Suspiro.

-"Lejos de la horda de locos." Ahora estamos muy cerca de la motonieve.

-"Pero esa horda de locos es la familia." Señalo.

-"Sí". Ahora el que suspira es él.

-"Es gente que nos quiere. Gente irritante, inoportuna, pero que nos quiere". Sigo.

-"Sí". Monsieur M. agacha un poco la cabeza, se mira la punta de una bota, con la que da pataditas a la nieve.

-"Y los queremos".

-"Es verdad." Nuevo suspiro.

-"Y parece que al fin y al cabo, las navidades son eso, estar con la gente que quieres". Concluyo. "Aunque lo que realmente te apetece sea salir huyendo despavorido".

-"Jo. Al final la más zen de los dos vas a ser tú." Monsieur M. me pasa un brazo por los hombros y me da un achuchón. Asi, enlazados, nos encaminamos a la puerta de la casita. El ruido aumenta con cada paso. Nos detenemos en el porche. Nos miramos. La nieve chispea y brilla.

-"Feliz Navidad, monsieur M.", digo, bajito. Y poniéndome de puntillas, le doy un beso.

-"Feliz Navidad, mon p'tit loup." Me estrecha fuerte.

La puerta se abre de golpe. Fornido Sobrinazo 2 vocifera: -" ¿Y aquí cuándo se cena?"

FIN

CHRISTMAS PLUM PUDDING (VERSIÓN CAÓTICA)

INGREDIENTES DEL PUDDING:
(Para demasiadas personas)

• 500 ml. (2 tazas) de frutas secas. Yo uso albaricoques, cranberries secas, ciruelas pasas, un poco de jengibre confitado y pasas de Corinto.
• 125 ml. (1/2 taza) de ron
• Mantequilla suficiente para engrasar el molde
• 375 ml. (1 taza y ½ ) de harina
• 15 ml. (1 cucharada sopera) de levadura en polvo
• 1 pizca de sal
• 5 ml. (1 cucharada de té) de canela molida
• 1 pizca de nuez moscada recién rallada
• 1 pizca de clavo molido
• 4 huevos
• 45 ml. (3 cucharadas soperas) de mantequilla fundida
• 125 ml. (1/2 taza) de azúcar moreno
• 125 ml. (1/2 taza) de melaza, de miel, o, en mi caso, de sirope de arce
• 125 ml. (1/2 taza) de leche
• 250 ml. (1 taza) de miga de pan, picadita en cubos


INGREDIENTES DE LA SALSA:

• 60 ml. (1/4 de taza) de ron
• 125 ml. (1/2 taza) de mantequilla
• 60 ml. (1/4 de taza) de harina tamizada
• 1 taza de sirope de arce o de caramelo (comprado o hecho)
• 2 cucharadas soperas de nata líquida
• 1 pizca de sal


ELABORACIÓN DEL PUDDING:

Macerar las frutas secas en el ron, un día entero si es posible. Enmantequillar un molde de flan de unos 2 litros de capacidad. Reservar. En un bol grande tamizar los ingredientes secos: la harina, la sal, la levadura y las especias. Reservar. En otro bol, batir bien los huevos, la mantequilla, el azúcar moreno y la miel o el sirope (esta receta puede hacerse estupendamente bien sin azúcar ni dulce, y sorprender a los familiares diabéticos con un postre adaptado). Añadir la leche y la miga de pan, mezclar bien, incorporar los ingredientes secos y las frutas maceradas. Verter todo en el molde. Cubrir con papel de aluminio y atar el papel con un cordel de cocina (¡de plástico no, por favor!). En el fondo de una gran cazuela con agua hirviendo, colocar una rejilla o un cacharro de metal, que resista el calor. La idea es que el molde no esté en contacto directo con el fondo de la cazuela. Colocar encima el molde, teniendo cuidado de que el agua lo cubra unos dos tercios, pero que no esté tan sumergido que haya riesgo de que el agua entre. Dejarlo hervir a fuego suave unas cuatro horas. Vigilar a menudo el nivel del agua y añadir un poco –caliente- si es necesario. Sacar el molde de la cazuela (con cuidado, quemarse es fácil) y dejarlo reposar, tapado, un cuarto de hora antes de desmoldarlo. El Plum Pudding se sirve templado, con salsa de ron por encima.

ELABORACIÓN DE LA SALSA DE RON:
Mezclar el sirope de arce con la harina y el ron y calentar en un cazo a fuego medio. Cuando empiece a hervir, incorporar la mantequilla, bajar el fuego y dejar espesar un poco, hasta que tenga la consistencia de un caramelo. Cuando esté hecho, echar la pizca de sal y mezclar bien. Ajustar la consistencia con la nata líquida. La salsa tiene que poder verterse bien encima del pudding.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Un cuento de Navidad montrealés: Navidades de bolsillo (Parte 3). Scones sexy de naranja y arándanos.

(Esta entrada es mi regalo navideño para todas las -y los- fans de Dan, que me han escrito contándome cuánto les gusta este sinvergüenza encantador)

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-"Claro que soy yo", suelta Dan, impasible, quitándose el pasamontañas y sacudiéndose la nieve acumulada encima de los hombros, la barba llena de hielo -"¿Quién creíais que era? ¿Papá Noel?" Se abre la parka y la cuelga de la percha junto a la puerta.

Si yo te contara, pienso. -"¿Qué demonios haces aquí?", barboto.

-"¿Cómo has llegado?", espeta monsieur M. casi al mismo tiempo, -"No hemos oído ningún motor. Y tu motonieve nos la hemos llevado nosotros."

-"Yo también estoy encantado de veros", dice Dan sin mirarnos, aplicándose a quitarse unas botas enormes. -"Esquí de fondo." Hace un gesto con la cabeza hacia la puerta. La abro, y veo un par de esquís, unos bastones y una mochila apoyados contra la pared. Ahora entiendo los ruidos que hemos oído. Ya hace noche negra y está nevando de forma más abundante. Agarro la mochila y cierro la puerta rápido. Apoyada contra la puerta, pregunto:

-"¿Has esquiado hasta aquí? ¿De noche?"

-"Lámpara frontal", se limita a responder Dan, sonriente, los ojos de un azul tan profundo que se podría nadar en ellos . Hace tiempo que ya no me sorprendo por la locura quebequesa general en lo que respecta a los deportes invernales, ni de la locura de Dan en particular. Pero el azul de sus ojos sigue sorprendiéndome.

 -"Estoy empapado", prosigue, tirando de los calcetines y lanzándolos lejos. -"Tengo que cambiarme o voy a quedarme helado." Acto seguido, se quita de un tirón el polar y la camiseta interior de manga larga, obsequiándome con una vista frontal en detalle de su torso: piel de un dorado claro, músculos claramente dibujados pero no demasiado voluminosos, más bien alargados, producto de toda una vida de trabajo físico y de artes marciales, hombros anchos e imposiblemente fibrosos, bíceps bien torneados, vello rubio, muy ligero, entre los dos poderosos pectorales, abdominales perfectamente delineados que terminan en una cintura estrecha, caderas que sobresalen por encima de la cintura del pantalón, que cae un poco bajo, justo lo suficiente... carraspeo un poco y me rasco la cabeza. De pronto me da la impresión de que en la cabaña minúscula hace mucho calor. Dan me dirige otra descarada y blanquísima sonrisa y se baja los pantalones con gran soltura.

Monsieur M. le contempla igualmente desde el otro lado de la habitación, recoge su copa de Scotch del suelo y gruñe: -"Tú sobre todo no te cortes. Ponte cómodo." Y se va al mostrador de la cocina. Busca una cerveza en la nevera portátil, que hemos llenado de nieve, y la abre. Se la tiende a Dan, que la coge sin decir palabra y le da un buen trago. Así, en bóxers. Ajustados. Que le quedan gloriosos, todo hay que decirlo.

Me rasco de nuevo la coronilla, siento la súbita urgencia de enterrar la cabeza en un banco de nieve para refrescarme un poco, y, para disimularla, hago un intento de ironía: -"Eso, estás en tu casa. Por cierto, creía que querías tomar algo caliente". Hago un esfuerzo titánico por mirarle a la cara mientras le hablo. Los bóxers son negros. No sabía que Dan tenía tan poco vello. Tampoco sabía que tenía un tórax bastante inolvidable. Me pregunto si meter el cráneo bajo el grifo quedaría raro ahora mismo. Descarto la idea.

-"Aah", suspira Dan, saboreando la cerveza. -"Después de la cerveza. Porque imagino que no me vais a mandar de vuelta, ¿no?" Me mira haciendo un intento de ojos de perro labrador.

-"Jrumpf. No me des ideas." Gruñe monsieur M. Casi se me había olvidado la dinámica de estos dos cuando están juntos: son como un viejo matrimonio. 

Rodeo con cierta precaución al hombre semidesnudo de pie en medio del salón, sin poder evitar una última ojeada furtiva a un par de glúteos bien firmes, y me pongo a hurgar en nuestras bolsas, bastante acalorada. Tiendo una toalla a nuestro amigo. Dan me da las gracias y se frota el torso sin prisas, casi con cierta deliberación. Mientras, monsieur M., apoyado en el mostrador de la cocina, que parece diminuta en contraste con su gigantesca silueta, da un sorbito a su whisky, mirándolo con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. Dan termina de secarse la cabeza, dejando el pelo rubio oscuro en un -demonios- atractivo remolino, y procede a rebuscar en su mochila. Mientras se viste, nos cuenta el por qué de su visita. Lo miro con un poquito de nostalgia mientras habla y se pone unos vaqueros y se abrocha la camisa de franela a cuadros.

-"¿No ibas a pasar la Nochebuena con esa anciana tía tuya que está sola en la residencia?" Le suelta monsieur M. Yo aún intento recuperar el uso del cerebro y estoy contenta de que otro se ocupe de la conversación.  

-"Vaya," dice Dan, con una mueca irónica, sentándose en el sofá en el que hace apenas diez minutos nos hacíamos arrumacos M. y yo, y poniéndose unos calcetines entre trago y trago de cerveza, -"si no te conociera tan bien, casi diría que estás intentando hacerme sentir culpable." Pausa. Trago. -"Ha ocurrido lo que nunca se espera uno en estos casos."

-"¿Tu tía ha muerto?", pregunto, llena de compasión.

-"Oh, no." Dan bebe otro trago. -"Tante Henriette está en plena forma. En todo caso, en plena forma para alguien de 87 años. Tan en forma, que se ha echado un amante. Un novio, lo llama ella. Y cuando he llegado a su cuarto, parece que he interrumpido una celebración romántica de la Nochebuena."

-"No me digas." Masculla monsieur M. Lo miro con aire de reproche.

-"No sabía que a su edad aún era capaz de, ajem, tanta elasticidad." Dan parece un poco azorado, algo bastante poco frecuente en él. Sacude la cabeza, como para disipar una imagen, y bebe otro trago.

-"¿Qué edad has dicho que tenía tante Henriette?" pregunto, el ceño un poco fruncido.

-"87. Casi 88."

-"Wow. Tienes que preguntarle qué suplementos vitamínicos toma. Yo tengo 38 y apenas aguanto despierta hasta las diez", comento.

-"Eso es porque la compañía te aburre, beauté."

Mirada aviesa de monsieur M., que se limita a decir: -"Alguien va a dormir fuera. Atado a un árbol. Desnudo, ya que parece su estilo." Le hago callar con un gesto impaciente.

-"El caso es que a la buena de mi tía se le había olvidado llamarme para avisarme. Y lo peor ha sido cuando me despedía, me ha dicho que si no tenía planes para pasar la Nochebuena con nadie podía quedarme con ellos. Mi tía octogenaria, la que tiene una vida sexual más animada que la mía. Invitándome por lástima." Suspira, y vacía el botellín de un último trago. Lo mira, un poco sorprendido. Yo también estoy sorprendida.

La soltería de Dan es algo que nunca deja de sorprenderme. Y no es porque le falten las candidatas, he visto bien cómo lo miran las mujeres cuando organizamos una fiesta en casa: como se mira al último bombón de la caja. Me consta que no lleva una vida de monje. Pero aparte de amoríos ocasionales, desde que lo conozco nunca ha tenido una compañera estable. Presiento que Dan es un romántico, y que espera a la famosa "persona correcta". Siempre que se expresa en esos términos (y no es que le haya sonsacado a menudo sobre el tema, es muy reservado en lo tocante a su vida amorosa, lo que sé lo sé en gran parte por monsieur M., su más antiguo amigo) me da un poco de miedo que Dan espere toda su vida y se quede solo. Me parecería un gran desperdicio. Sobre todo después de lo que acabo de ver.

-"Así que me ha entrado una nostalgia repentina y he decidido arriesgarme a fastidiaros las vacaciones y pasar la Nochebuena con un par de buenos amigos." Añade, mirándonos con una expresión sospechosamente cercana a la ternura. Se me hace un nudo en la garganta y se me humedece el rabillo del ojo. Sentada en la mecedora de frente al sofá, alargo la mano hacia su rodilla, y estoy a punto de responder con algo sentimental y afectuoso cuando Dan completa su frase guiñando un ojo a mi enorme marido: -"...y algo me dice que tu chica me echaba de menos, M. Mi encanto arrasador, ya sabes." Sonrisa impertinente. Adiós momento emotivo. El comentario se me muere en la garganta e interrumpo el movimiento de la mano.

Presa de irritación veo que monsieur M. sonríe y responde: -"Probablemente. Hace mucho que nadie la exaspera. Yo tengo la mala costumbre de intentar hacerla feliz. ¿Otra cerveza?"

-"Oui. Hacerla feliz. Muy noble. Podrías empezar por irte a dar una vuelta y dejarnos solos." Aquí, me mira y su sonrisa me parece resueltamente insufrible.

-"Ehm, no sé si te has dado cuenta, con la falta de sutileza que te caracteriza, pero has interrumpido algo." Dice con aire petulante monsieur M., que parece empezar a divertirse de verdad. Le tiende otra cerveza. Mi irritación aumenta un par de enteros.

Dan me mira de arriba a abajo, empezando por el grueso jersey de cuello alto y terminando por el enorme par de calcetines de esquí: -"Oops. Lo siento. Veo que ya habíais sacado la lencería de lana. ¿Qué he interrumpido exactamente? ¿Una partida de bridge?"

-"Ey, la culpa no es mía si en tu barraca hace un frío que pela. No entiendo cómo no aislaste mejor las paredes, tuviste el mejor maestro." Monsieur M. abomba un poco el ya enorme tórax, con exagerada suficiencia .

Temiendo que de las habilidades sexuales ahora pasen a un duelo sobre las capacidades en construcción, y consciente de que una vez lanzados no hay quien los pare, interrumpo: -"Y digo yo que que para seguir acordes a este ambiente cargado de testosterona podríais saludaros como amigos de verdad, girando uno en torno al otro, y husmearos mutuamente. Y ya puestos, podríais levantar la pata y marcar las cuatro esquinas del chalet. Es sólo una sugerencia." Monsieur M. se ríe por lo bajo.

-"¿Imagino que os sobran las provisiones?" Dice Dan, mirando hacia la cocina. No es realmente una pregunta. Suspiro, me levanto y preparo lo necesario para calentar un bol de sopa. Monsieur M. abre la puerta de la estufa y alimenta el fuego con un par de leños.

-"Sopa minestrone, un poco de pan y queso y unos scones de naranja y arándanos que supuestamente eran nuestro desayuno de Navidad,--"

-"Te señalo la palabra nuestro desayuno. De los dos. Un desayuno navideño romántico. Los dos. Solos." Me interrumpe monsieur M. Le echo una mirada airada para llamarlo al orden. A Dan el comentario no parece afectarle en lo más mínimo.

-"--...pero que irán muy bien como postre", termino de recitar, sin ofrecer opciones. Sé que Dan va a apreciar lo que le sirva, sea lo que sea.  

Dan acaba apenas de devorar la última cucharada y yo de poner los scones en un plato para completar su cena, cuando oímos el ruido de una motonieve.

-"¿Alguien que anda perdido?" Se pregunta Dan en voz alta, extrañado, el plato vacío aún encima de las rodillas.
El motor de la motonieve enmudece, unos pasos rápidos resuenan en las escaleras del porche y llaman a la puerta. -"Para un chalet alejado de todo, aquí hay más tráfico que en pleno centro de Montreal", rezonga monsieur M. mientras va a abrir. La cara radiante de Lady D. brilla en la puerta. -"¡Feliz Navidad, monsieur M.!" El casco aún en la mano, se precipita a abrazarlo. Monsieur M. me mira con cara de no entender nada, mientras intenta responder al abrazo.

Lady D. se sacude la nieve de las botas y yo me acerco a darle dos besos. Y a preguntarle con la mayor diplomacia posible qué demonios hace aquí. Antes de que pueda pedirle explicaciones, me suelta, alegre: -"Jules está descargando. ¡Espero que no hayáis cenado todavía!"

Mientras Lady D. me asalta con unos besos, vuelvo la cabeza hacia monsieur M. y levanto las cejas en un gesto mudo de perplejidad.

Monsieur M. se sirve otro chupito de Scotch, se apoya de nuevo en el mostrador de la cocina, y cruzando los brazos de coloso comenta: -"Y bien, que vivan las navidades en la soledad del bosque."

(CONTINUARÁ)

SCONES SEXY (BUENO, DE DESAYUNO NAVIDEÑO) DE NARANJA Y ARÁNDANOS*

(* Nota: La palabra "arándanos" en español se utiliza para dos tipos de bayas que en inglés tienen nombres diferentes, porque sus sabores y colores también son muy diferentes, como las blueberries y las cranberries, que no existen realmente en España. Estos scones están hechos con cranberries, rojas y ácidas, son las bayas típicas de las recetas de Acción de Gracias y de Navidad, se suelen usar en postres y en el relleno del pavo.) 

INGREDIENTES :
(Para unos seis scones de tamaño respetable, una docena si los cortáis más pequeños. Lo sexy de la receta dependerá de vosotros y las circunstancias.)

  • 1 taza y 1/2 de harina integral
  • 1 taza y 1/2 de harina blanca, tamizada + un poco más, por si acaso
  • 1/2 taza de azúcar (para los diabéticos, en esta receta se puede sustituir el azúcar por algún edulcorante)
  • 4 cucharaditas (de té) de levadura en polvo
  • 2 cucharaditas de canela
  • 1/2 cucharadita de sal
  • 1/2 cucharadita de clavo molido
  • 1/2 cucharadita de nuez moscada (recién rallada, si es posible)
  • 1/2 taza de mantequilla fría del frigorífico (o margarina vegetal no hidrogenada, de forma excepcional y porque ésta es una receta "sin culpa") 
  • 1 cucharada sopera y 1/2 de ralladura fresca de naranja
  • 1/2 taza de arándanos (cranberries) frescos o congelados, cortados por la mitad. Si no encontráis, los arándanos secos pueden ir estupendos. O frambuesas, o grosellas, frescas o congeladas. Si aún así no encontráis ninguna de esas frutas, unas guindas rojas en almíbar pueden dar a los scones el toque navideño. El sabor no será el mismo, porque los arándanos son ácidos. Pero también estarán buenos. 
  • 1 taza (menos una cucharada sopera, medir la taza y luego quitar la cucharada) de suero de leche bajo en grasa (buttermilk). Es fácil hacerlo uno mismo. O sustituírlo por yogur natural descremado sin azúcar, o yogur de soja para los vegetarianos estrictos (no he probado a hacer la receta con yogur de soja, así que no puedo garantizar el resultado).
  • 1 cucharada sopera de zumo de naranja
  • 1 cucharada sopera y 1/2 de suero de leche, para pintar los scones. O simplemente leche (agua para los vegetarianos).
  • 2 cucharadas soperas de azúcar, para echar por encima
  • 1 cucharada sopera de canela, para echar por encima

ELABORACIÓN

Precalentar el horno a 220º. Enmantequillar una fuente redonda (un molde de tarta sirve) o una bandeja de horno (o cubrirla de papel de hornear).
Mezclar las harinas, el azúcar, la levadura, las especias y la sal en un gran bol, pasando todo por el tamiz excepto la harina integral. Con un rallador con agujeros grandes, rallar la mantequilla encima de la mezcla de harinas. Si utilizáis margarina vegetal, que suele ser demasiado blanda para rallarla, cortad "pegotitos" de margarina distribuyéndolos encima de la mezcla de harinas. Incorporar la ralladura de naranja. Con los dedos o con dos tenedores, mezclar groseramente la mantequilla y la ralladura en los ingredientes secos. La mezcla tiene que tener un aspecto grumoso, sin grandes amasijos de mantequilla. Importante: el resultado de esta etapa no debe de ser una masa, no tenéis que amasar, es importante trabajar la mezcla lo mínimo posible.

Añadir los arándanos (o las guindas,  bien escurridas) y mezclar rápidamente.

Verter el suero de leche o el yogur y el zumo de naranja y mezclar hasta que todo empiece a adquirir aspecto de masa. Enharinar la superficie de trabajo y volcar la masa en ella. Amasar lo más brevemente posible, añadiendo harina si es necesario, (lo m­ínimo, justo para evitar que la masa se pegue tanto que no sea posible amasar). Si se utiliza un molde de tarta, formar una bola con la masa y aplastarla hasta formar un disco de unos dos centímetros de espesor. Meterlo en el molde, y cortarlo con un cuchillo como si fueran raciones de tarta. Si se utiliza una bandeja, podéis cortar los scones con un cortapastas redondo. Tened cuidado de no trabajar ni recalentar demasiado la masa cada vez que volváis a formar una bola con los recortes.

Mezclar en un bol las dos cucharadas de azúcar con la canela. Con una brocha, pintar la masa con un poco de suero de leche (o de leche), y espolvorear con la mezcla de azúcar y canela.

Hornear unos 20 minutos, o hasta que estén doraditos. Recién sacados del horno están deliciosos. Podéis preparar la masa la tarde anterior, guardarla en el frigorífico y hornearlos el día de Navidad.