viernes, 4 de mayo de 2012

Lujuria inmobiliaria: un post sin receta.

La barraca montrealesa is no more. No, no se ha hundido. Durante todos estos años de reformas incesantes, de vivir en ménage à trois con Jules, su obrero preferido, finalmente Monsieur M. y Bloguera Infame la han vendido. Toda ella. Con su cocina que ha visto pasar tantas tartas, galletas y muffins, con sus matas de frambuesas en el patio trasero, con su marmota en el parterre, con sus cienpiés mutantes. Es un hecho consumado: Monsieur M. y Bloguera Infame son oficialmente inquilinos de su antigua casa. Están tan contentos que saliendo del notario casi les han dado ganas de llamar a los nuevos propietarios para quejarse del grifo que gotea, o de lo que sea.

Esta venta ante notario ha sido el colofón a un mes bastante infernal, con muchos cambios. Uno de ellos ha sido la decisión de comprar una casa, en lugar de construirla. Este cambio de planes se produjo tras un proceso decisional largo y complejo, lleno de reflexión, de madurez y de intercambio de ideas constructivo, como es normal en una pareja moderna y evolucionada como la de Monsieur M. y su legítima. Básicamente se puede resumir así:  a la legítima no le apetecía un cuerno pasar varios meses alojada en una tienda de campaña con vistas a un agujero lodoso, así que un día que estaba desarrugándose una camisa con la vaporeta (lo de planchar siempre ha sido la especialidad de Monsieur M., pero desde que se compraron una vaporeta está emocionadísima y la utiliza para todo: desarrugar camisas, limpiar la tapicería del sofá, alisarse el pelo, espantar a los gatos, escalfar huevos) se dejó llevar por el entusiasmo y se hizo un par de dedos al vapor (no engordan nada), soltó un par de gritos y ya aprovechando el momento se precipitó a encadenar un -« Ay-ouch-uy-te-lo-advierto-majete-si-no-compramos-una-casa-hecha-es-muy-posible-que-nunca-más-tengas-una-vida-sexual ». Y funcionó. Porque Monsieur M. será un loco de la arquitectura y del bricolaje, pero no está loco. Y sabe establecer sus prioridades.  Bloguera Infame siguió desarrugando mucho más relajada y se puso manos a la obra con las bragas y los calcetines (a ver, ella ha denostado toda la vida a su Santa Madre  por su manía de planchar hasta la ropa interior y las sábanas, pero eso era antes de tener una vaporeta). Él siguió ejecutando la receta del momento.

Las semanas que siguieron se entregaron en cuerpo y alma al shopping inmobiliario. Monsieur M. pasaba horas seleccionando chozas y elaborando complicados y razonables cuadros comparativos en Excel, Bloguera Infame comía chocolatinas y corregía. De vez en cuando embarcaban en el coche (en el que ella seguía corrigiendo y comiendo chocolatinas) y Monsieur M. la llevaba a visitar casas. Cuantas más casas visitaba, más le entraba la lujuria inmobiliaria: cada mañana, antes de sentarse a preparar las clases de educación más o menos superior que da, se atizaba una dosis de porno inmobiliario. Lo llama así porque las casas que veía en los sitios de las agencias eran chabolas que ellos no podrían permitirse ni vendiendo un par de órganos cada uno. Una vez estimulada convenientemente, se ponía a mirar las que entraban en su margen de precios. La ventaja de empezar por las casas de precios exorbitantes es que luego cuando imaginaba la hipoteca que le iba a caer le daba un poco menos de vértigo. Es que ella lo más caro que ha comprado en su vida es una vaporeta. Y va estupenda, pero la pagó al contado. Nada de módicos plazos.

Y al fin la encontraron. Tras incontables visitas en las que Bloguera Infame miraba al horizonte e intentaba imaginarse en su despacho, preparando clases magistrales y escribiendo la novela que revolucionará el mundo de la literatura prescindible, mirando por la ventana una puesta de sol en los bosques de los Laurentides y oliendo los efluvios de pino, y en las que  Monsieur M. se paseaba por el terreno intentando distinguir los efluvios del pozo negro, encontraron la casita de sus sueños: un cottage de madera, de color marrón con marcos de ventanas blancos, con su porche y su bosque detrás, sus ciervos, sus mapaches, sus liebres y no lejos de la estación de tren que permitirá que Bloguera Infame pueda seguir yendo a Montreal a castellanizar a decenas de jóvenes ávidos de aprender, y así pagar la hipoteca en cómodas mensualidades.

Ella ya se imagina a Monsieur M. en pantalón de peto, con sombrero de fieltro y una horca en la mano, cual Michael Landon quebequés (pero sin el peinado hortera y la ideología ultrareligiosa), cultivando verduritas orgánicas. Él probablemente se imagina monopolizando el garaje con toda su maquinaria de carpintería y conduciendo una ranchera (Bloguera Infame lo ha sorprendido dándose al porno automotor, mirando sitios de concesionarios). Hasta están mirando muebles. Con poco éxito, por el momento. Parece que Bloguera Infame tiene grandes problemas de estilo. Ella le insiste al vendedor: -«Campestre. Ana de las Tejas Verdes. Tarta de manzana y mermelada casera.» Y el vendedor persiste en mostrarle: rococó, Luis XV, dorados y cueros, Marqués de Sade. Precisamente hoy ha visto una cama tapizada de cuero acolchado que era un cruce entre la herramienta de trabajo de una institutriz de disciplina inglesa y una celda de manicomio.

Sólo les queda firmar el acta de compra, empaquetar un sinfín de enseres absurdos para la mudanza y buscarle un nombre a la nueva casita. Bye bye, barraca montrealesa. Bonjour, Muffin Manor.



10 comentarios:

  1. ohhh, qué envidia me das, te lo juro!!! Ahora bien, es fantástico desayunar con tu relato, eso es empezar bien el día y lo demás tonterías ;)

    Salu2. Paula

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  2. ¡¡¡Genial!!!
    ¿Vamos a cambiar de escenario y leer cosas así?

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  3. Enhorabuena moza!!!! cuidado con las verduras! yo ahora mismo me cachis en todo. El cabroncete -por ser fina- del gato del vecino se acaba de cargar mis rabanitos! me cachis en todo y más! como lo pille hago un asado con él y esta noche cuándo el Günter me pregunte "pero que celebramos" le contestaré: "pues que infame ensiropizada extrena Muffin Manor y nosotros por fin podremos comer rabanicos del jardín"

    Mucha suerte! y por cierto, por estas tierras se regala pan y sal como símbolo de bueno suerte al estrenar hogar. Te mando un brezel que ya va con todo,

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  4. Estoy en las mismas que Paula, desayunando con tu relato y un té de jengibre. Felicidades por la nueva adquisición, la vaporera. Y también por la casita ¿o era al revés? En fin que seguro que saldrán nuevas historias maravillosas del nuevo jardín y otros lugares de la casa. Me encanta volver a leerte y qué susto con los muebles vaya horror.

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  5. Jo, qué envidia...a mi la lujuria inmobiliaria me encanta y la casita pinta de miedo.
    Esa vaporeta es un peligro, mi hermana me dejó una y me volví loca con ella, por eso no me la compro.

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  6. eeeeh..... vamos a echar de menos la barraca, pero seguro que este cambio nos depara interesantes historias, ¡suerte!

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  7. ¡Buff! no te queda nada, con lo "entretenidas" que son las mudanzas!!! pero seguro que vais a estar de maravilla. Que no te importe que no lean este post en casa, es que me veo a mi J. soliviantao perdido diciendo eso de "¡ves! ¡ves! ¡ves!" seguido de la charla de que su sueño es una casa en el campo, etc, etc, etc...que me gusta la idea, pero el mio no se contenta con el garaje, ¡quiere una nave detrás de la casa! "pequeña, cariño, para hacer mis chapuzas".... en fin! que de momento va a ser que no.

    Lo dicho, enhorabuena, besazo a los dos y a disfrutar de Muffin Manor.

    Beso

    Maite

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  8. Andaba buscando la receta de Torta de amapolas, no preguntes como he llegado a tu blog, pero seguro que me quedo!

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  9. Esto promete!!! Mudanza, vecinos nuevos ... No nos dejes sin posts que por estos lares la cosa está muy fea y da alegria ver como te van de bien las cosas.
    Gracias por adelantado!!!

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  10. Yo tuve que mudarme de un extrmo a otro de Taipei y lo hice en cinoc ocasiones con una maleta al hombro de 50 libras teniendo que caminar alrededor de un kilometro con ella, pues mas o menos a medio km es que me quedan mi antigua ex vivienda y nueva vivienda de sus respectivas paradas del metro, sin contar la forma del terreno. Tienes que imaginarte un monton de agradables taiwaneses que de por si se le quedan mirando a uno por extranejero, imaginate con una maleta al hombro,ellos que usan maquinas y demas para eso

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