domingo, 31 de octubre de 2010

Cadáveres, cakes de calabaza y otras macabras calamidades: una historia por entregas (parte 2). Pastel sangriento de remolacha y chocolate negro.

La razón por la que en este momento me encuentro sentada en la alfombra sosteniendo la mano de lo que en un principio he tomado por un cadáver remonta a hace poco más de un mes, cuando recibí un correo de mi ex-director de tesina, el profesor Paul Lesage.

Professeur Lesage, como le llamo para mí misma, remedando la manera inglesa en la que uno se dirige a sus profesores universitarios por su título, o Professeur P. (por su nombre de pila), como le llamamos en nuestras conversaciones mi amiga Eddy y yo (Professeur P. dirigió las tesinas de ambas) es un eminente lingüista septuagenario, barbudo, judío y jubilado, todo ello no necesariamente por orden de importancia. Lo de septuagenario lo he deducido por datos que he recopilado a lo largo de nuestros encuentros, pero no porque me haya mencionado su edad.

Professeur Lesage es uno de esos seres intemporales y desbordantes de vitalidad a pesar de haber vivido ya muchas décadas: mantiene una cierta coquetería, la misma que provoca que cuando hace referencia a su edad no mencione cifras, y que muy de vez en cuando me tire los tejos muy discretamente –y de forma simbólica, por guardar las formas más que nada-. A pesar de ello, siempre se comporta como un perfecto caballero.

-« Usted está casada, ¿verdad, ma chère? » me soltaba en medio de una sesión de trabajo, cuando yo estaba intentando revolucionar el mundo de la lingüística con mi tesina interminable.

–« Oui, Professeur. », respondía yo con cara de póquer, sin levantar la vista de mis gráficos.

Con un brillo travieso en la mirada, mesándose la barba pensativo, proseguía: -« Y su marido, ¿es muy grande? ».

–« Enorme, Professeur. » Respondía yo, muy seria. Lo cual provocaba una de sus risillas, y seguíamos trabajando sin otro comentario.

De estatura mediana, más bien tirando a bajito, con una tripilla incipiente que apenas se insinúa debajo de sus sempiternos chalecos de lana (que ya nadie lleva bajo la americana con coderas, sólo él), una barba tan tupida que podría albergar a toda una familia de gorriones, unas gafas de montura plateada muy ligera, le bon professeur tiene una risa grave de ex-fumador de pipa, que suena mitad como si se estuviera masticando la barba y mitad como un viejo Chevrolet al que le cuesta arrancar (algo así como "¡Jum, jum, jum!").

Professeur Lesage es de esa raza de hombres en vías de extinción que se pone la corbata cuando se viste por las mañanas y ya no se la quita, aunque sólo salga para comprar el periódico en el depanneur (la versión quebequesa de los colmados), o simplemente al jardín, a llenar con semillas los comederos de pájaros.

De mirada chispeante de humor, este curtido lingüista nacido en Francia habla ocho idiomas ("siete", dice él como excusándose, con un tono de modestia que apenas suena a falso, "el japonés sólo lo chapurreo") y es capaz de leer en una docena. Posee tres doctorados (ninguno de ellos honoris causa, todos ellos ganados con el sudor de su frente) de tres universidades europeas diferentes, y en su currículum interminable se puede leer que durante su prolífica carrera ha sido profesor en Cambridge, la Sorbona, Friburgo y Harvard, para terminar en la Universidad de Quebec. Digamos que en el plano del intelecto, Professeur Lesage es la animadora rubia con busto enorme y a su lado yo me siento la gordita del baile. Cualquiera se siente la gordita del baile.

A pesar del complejo de ignorancia crasa que me brota como una erupción cada vez que lo veo, adoro, no, venero al Professeur Lesage. Con un respeto secular, anticuado, un respeto de discípulo a maestro. Mi respeto no nació sólo de la mera admiración académica que le profeso al viejo profesor, admiración que si bien es desmedida, no bastaría en mi caso para justificar tamaño culto a este hombre culto. Si me permitís otro juego de palabras idiota.

Professeur P. se ganó mi adoración por su calidad humana tanto como académica. Esperó pacientemente el lento y doloroso parto de la tesina durante dos largos años, sin una palabra de impaciencia o una crítica ácida, más bien al contrario: en una época en la que la simple mención de la condenada tesina me volvía el estómago del revés como un calcetín, Professeur Lesage sólo me dirigía palabras de aliento. Creo que una simple frase sarcástica de su parte que hubiera puesto de relieve mi incompetencia hubiera bastado para que lo mandara todo a paseo, tan cerca como estaba del desaliento máximo. Pero él fue todo ánimos, paciencia infinita, sabios consejos y mucho humor para desdramatizar mis momentos más pesimistas, todo ello espolvoreado de oportunas -y metafóricas- patadas en el culo cuando la situación lo requería. Y de algún que otro chiste sorprendentemente rijoso. Y todo eso a pesar de haber perdido a su mujer de un cáncer fulminante y haberse jubilado durante mi segundo año de suplicio académico. Podría haber hecho lo que cualquier otro profesor hubiera hecho: dejarme plantada y pasarle el problema a otro. Podría haberse ido a vivir al campo a pasar su pena, o a jugar al golf, o a un crucero por Alaska, o a cazar alces, o lo que quiera que sea que hacen los lingüistas judíos, barbudos y políglotas cuando se jubilan. Pero Professeur P. permaneció fielmente junto al cañón y esperó a que yo obtuviera el título. Con lo que a cambio se ganó mi eterna lealtad.

Poco después de que yo terminara -al fin- mi tesina que sin duda un día -lo sé- revolucionará el mundo de la lingüística, Professeur Lesage decidió al fin retirarse del mundanal ruido en el pueblecito de Ayer’s Cliff, en los Cantones del Este, la región de Quebec lindante con la frontera estadounidense. Se estableció definitivamente en lo que hasta entonces había sido su casa de campo para los fines de semana, un antiguo caserón campestre de madera, en el estilo típicamente victoriano del sur de Quebec, con nombre y todo: Sussman House. Y cada uno prosiguió con su vida.

No obstante, Professeur P. y yo mantenemos un contacto fiel aunque no muy frecuente. A él le gusta saber qué ha sido de sus ex-pupilos, y a mí me gusta saber de él, punto. Como profesora aprecio que mis antiguos alumnos me cuenten qué ha sido de sus vidas, cuando les va bien me gusta pensar que quizá haya contribuido mínimamente a ello, pensamiento que me mantiene razonablemente entusiasmada por la profesión y alejada de los antidepresores. Así que cuando encontré mi nuevo e interesante trabajo le escribí la noticia, y cuando se me terminó el contrato (con una promesa de ser renovado tres meses más tarde, en un nuevo cuatrimestre universitario), Professeur P. ya estaba al tanto de todo. Ni siquiera necesitó que le pusiera al día: mi ex-profesor tiene un sinfín de contactos en todas las universidades montrealesas. En el mundo académico de Quebec, la sombra del Professeur es alargada. Así que el viejo profesor me escribió ofreciéndome un contrato temporal que podría servir para cubrir el hueco laboral que se abría ante mí, contrato que incluía un cambio de aires en el campo, un sueldo más que decente, alojamiento, comidas y su intimidatoria (pero muy grata y a menudo divertida) compañía.

El contrato, me explicó Professeur P. por teléfono, consistía básicamente en traducir al español tres de sus artículos más conocidos, artículos que van a ser publicados por una revista de lingüística española. Estaba contento de poder contar conmigo, porque aparte de ser traductora especializada en la jerga lingüística, mi compañía le resultaba infinitamente más tolerable que la de sus dos últimos asistentes, dos estudiantes de licenciatura aún imberbes con una ortografía deleznable. “Su compañía es más que tolerable,”-, se corrigió rápidamente: -“un deleite, ma chère”. Antes de que yo pudiera emitir un sonido para aducir que la traducción puede hacerse a distancia, Professeur P. añadió que, aparte de las traducciones, esperaba de mí que le echara una mano para catalogar su extensa biblioteca. Estaba pensando en deshacerse de algunos libros que ya no le eran de utilidad, y quería saber exactamente lo que tenía en casa. “Un trabajo titánico para un hombre de edad venerable”-, rió. De ahí la necesidad de mi presencia in situ. Si la idea de convertirme en su asistente no me resultaba vejatoria, durante mi estancia podría hacer alguna que otra tarea conexa como ayudarle a responder su correo atrasado y contestar al teléfono.

-“Podrá ir y venir a su guisa. La casa es monstruosamente grande: dispondrá de una habitación y un salón para su uso particular, en el caso de que necesite un sitio tranquilo para trabajar en sus proyectos personales, si quiere avanzar en la preparación de sus cursos para el próximo cuatrimestre, por ejemplo. También dispondrá de una conexión a Internet más que fiable, algo raro en este país de leñadores. Le quedará tiempo de sobra, no creo que trabajemos más de cuatro horas diarias, soy un jubilado y no me interesa matarme a trabajar. El resto del día –y los fines de semana, claro está- quedará a su entera disposición, y ni siquiera se cruzará conmigo. Tómeselo como una estancia relajante en el campo.”

Decidí aceptar su oferta por varias razones: nunca le hago ascos a un poco de trabajo, especialmente tras pasar varios años combinando estudios y trabajo a tiempo parcial, y subsistiendo apenas. Trabajar para el Professeur siempre es interesante (en el pasado le serví de auxiliar de documentación para un estudio que hizo, y me gustó trabajar con él). Me siento en deuda con él. Y para terminar de decidirme, Monsieur M. está trabajando en Nunavut, va a estar allí construyendo tendido eléctrico hasta las vacaciones de Navidad, en un sitio tan remoto que las señales de telefonía móvil no llegan y el avión que debe transportar al personal de vuelta a Montreal una semana al mes se queda a menudo plantado en tierra debido al frío, sobre todo a partir de noviembre, cuando el frío reinante convierte el aceite de motor en carne de membrillo. Así que no me lo pensé mucho y respondí: -“Si consigo que una amiga se ocupe de mis gatos, soy toda suya.”

.........................

Hace tres semanas que llegué a esta casa. Tras un momento de admiración, plantada delante del porche, llamé a la puerta y me encontré por primera vez con Elspeth, la adusta empleada doméstica del profesor Lesage. La primera impresión que me produjo Elspeth fue imborrable: el pelo recogido en una coleta de caballo tan tirante que le hacía enarcar las cejas (o quizá sea su expresión habitual), cuchillo enrojecido en mano y delantal lleno de salpicaduras de un vivo carmesí. Ante mi respingo, Elspeth me miró de arriba abajo y dijo secamente: -“¿Sí?” -“Euh, soy, eh, la, uhm, asistente del profesor Lesage.” Balbucée en francés, mirando fijamente a su delantal, y sintiéndome un poco ridícula en mi nuevo título de “asistente”. –“Me llamo Arantza.” Dejé la maleta en el suelo y tendí una mano, dubitativa. Elspeth la miró como si fuera una cucaracha, e hizo un gesto con la suya, teñida de escarlata (la que no sujetaba el enorme cuchillo manchado de rojo): -“Lo siento. Remolachas.” “Elspeth Dudley.” Dijo, por toda explicación. Hablaba un francés perfecto, con un tenue acento que no llegué a identificar, pero que supuse que era anglófono. Se hizo a un lado y me indicó que entrara. –“El profesor Lesage está dando su paseo de media tarde. Pero ya he preparado su cuarto.” Tono de irritación palpable, indicándome que el trabajo extra de preparar mi cuarto no estaba incluido en su contrato. Mientras trastabillaba en la entrada, intenté establecer un poco de complicidad con esta caricatura de ama de llaves victoriana utilizando el tema universal: la cocina. –“Remolachas, ¿eh? Estamos en plena temporada. ¿Qué está preparando?” –“Borscht.” El tono de la mujer era de un soviético muy adecuado a la receta.

Mientras la seguía escaleras arriba, empecé a pensar que si Elspeth era tan económica en la gestión doméstica como en el uso de palabras, Professeur P. había hecho un gran negocio contratándola. –“Je, en casa hemos comido mucho borscht últimamente." Parlotée, nerviosa. -"Mi marido estaba tan harto que tuve que inventar algo diferente para todas esas remolachas que nos quedaban. Hice un pastel de remolacha y chocolate negro. Quedó delicio-so--…” Mi voz se fue apagando al llegar a la puerta indicada con un gesto de cabeza por Elspeth. Dejé la maleta en el suelo: -“No se preocupe, Elspeth. Termine su sopa. Si tiene demasiadas remolachas, me ofrezco para hacer el postre.” Gran sonrisa. Último intento de contactar con el lado humano de Mrs. Ama de Llaves Siniestra. Normalmente hasta la cocinera más protectora de su territorio no suele poner pegas para que alguien le haga el postre. Y Elspeth no parece especialmente predispuesta a cocinar cosas dulces. A la dulzura en general. En vano. Por toda respuesta, recibí una mirada que hubiera podido congelar el infierno en pleno verano. Elspeth me dio la espalda con una celeridad admirable y bajó las escaleras, cuchillo en mano.

Me quedé un momento mirándola y después abrí la puerta de lo que iba a ser mi cuarto durante el mes próximo. Y me dije que Sussman House era el sitio ideal para escribir una secuela de “Otra vuelta de tuerca.”

(CONTINUARÁ)

  PASTEL SANGRIENTO DE REMOLACHA Y CHOCOLATE NEGRO
    
       INGREDIENTES PARA EL BIZCOCHO:
  • 3 tazas de remolacha cruda, rallada fino. Os aconsejo cubrir la mesa de trabajo de papel de periódico y trabajar con un delantal, porque pelar y rallar remolacha cruda es un trabajo "sangriento". Cuando terminéis de rallar, tendréis el mismo aspecto que Sweeney Todd después de terminar un afeitado muy apurado.
  • 1 taza de aceite vegetal (de girasol o de maíz)
  • 1 taza y ¼ de miel
  • 3 huevos y una clara a temperatura ambiente
  • 2 tazas de harina integral
  • 3/4 de taza de cacao en polvo (100% puro, sin azúcar ni aditivos)
  • 2 cucharadas de té de levadura en polvo (tipo Royal)
  • 2 cucharadas de té de bicarbonato
  • 1 cucharada de té de sal
  • 1 cucharada de té de canela
  • 2 cucharadas de té de esencia natural de vainilla
  • ¼ de taza de de crema agria (o de yogur natural desnatado no azucarado, si queréis mantener la receta "no culpable")

    INGREDIENTES PARA EL GLASEADO DE QUESO:
  • 1 tarrina de queso Philadelphia bajo en grasa, a temperatura ambiente
  • Sirope de arce o miel líquida
PREPARACIÓN DEL BIZCOCHO

Precalentar el horno a 190º. Mezclar bien el aceite y la miel. Añadir los huevos uno por uno, incorporando bien cada uno antes de batir otro. Añadir la crema agria (o el yogur) y el extracto de vainilla.


En un gran bol aparte, mezclar la harina integral y todos los demás ingredientes secos (el cacao, la levadura en polvo, el bicarbonato, la sal y la canela), salvo la remolacha rallada. Mezclar los ingredientes secos con los húmedos, incorporándolos en varias veces, y batir lo mínimo posible, rápidamente, hasta que desaparezcan los grumos. Batir lo justo para obtener una mezcla homogénea, pero no demasiado, (es importante no excederse con el batido para que el pastel sea ligero y esponjoso).

Para terminar, mezclar con una cuchara o una lengua de gato la remolacha rallada. Si preparáis el pastel con un robot culinario (tipo Kitchen Aid), mezclad la remolacha a mano, porque tiene la tendencia a pegarse a la hélice del robot y formar una bola. La masa resultante será bastante líquida (¡y bastante roja!).
Hornear en una fuente redonda de bizcocho a 190º, durante una hora y media a una hora y 45 minutos aproximadamente (depende de vuestro horno), hasta que un palillo pinchado en el centro salga limpio. El tiempo de horneado es largo debido a la remolacha, que tarda bastante en hacerse. Otras recetas de bizcocho de remolacha utilizan remolacha previamente cocida, personalmente yo prefiero ésta porque conserva las vitaminas y el sabor que de otra forma se perderían en la doble cocción. El pastel resultante es jugoso y muy chocolateado. La remolacha y la miel le dan un sabor bastante dulce a pesar de no llevar azúcar. Desmoldar aún tibio y glasear cuando se haya enfriado por completo.
      
PREPARACIÓN DEL GLASEADO

Batir el queso con la ralladura hasta que quede liso, añadir gradualmente sirope de arce - o miel - hasta que obtengáis una crema fácil de untar, pero bastante espesa. Este glaseado es delicioso, pero como no lleva azúcar glas, que es lo que suele estabilizar los glaseados tradicionales, ni la grasa adicional de la mantequilla, se mantendrá cremoso y no llegará a solidificar. Os aconsejo glasear el pastel justo antes de servirlo.

15 comentarios:

  1. por favor.....

    MAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAS!!!!!
    NO TE PARES AHORAAAAA!!!

    y no te lo tomes con segundas, hablo de escribir y leer eh? jejeje

    v'sss

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  2. uauuuuu que original, jamás imaginé una tarta de remolacha y chocolate, es genial!

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  3. Pues estás viviendo una afortunada experiencia...no me queda claro si es real o ficción. Pero voy a creer que es la primera y te doy mi enhorabuena, el profesor no sabe o si la suerte que ha tenido al ofrecerte el puesto de ayudante.

    Petó

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  4. Genial el pastel de remolacha y choco,cómo me gustan estos pasteles de verdura...No sé si será cierto o no, pero si realmente estás en casa del Profe judío, please, cronifica tu estancia, queremos saber todos los detalles vividos en esa estancia siniestra.
    ¡Feliz Halloween!

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  5. Guaaaaauuuu... me encanta ese aire de "otra vuelta de tuerca", efectivamente! (curiosamente, lo leí este año). Eso sí, si sigo acumulando recetas tuyas no haré otra cosa en mi vida, qué bizcocho, por dios!!!!

    Seguiré los relatos con avidez sangrienta... un beso!

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  6. Un pastel increible, nunca lo he probado y feliz dia de todos los santos. Bss.

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  7. confusión total! vamos bien. Por lo menos compré tiritas la vez anterior... sigo hecha un mar de dudas -que poco previsible soy, madre- ... ok, ordeno ideas y preguntas. El pastel sangriento, ¿es obra de Doña Ama de Llaves Siniestra o entraste furtivamente en su cocina, cogiste su sobrante del borscht y zak!zak! tarta que te dí? ... y tu Monsieur ¿sabe que horneas ilegalmente en hornos pasados de tuerca????

    Ok, tendré que esperar a la siguiente entrega para ordenar mis sesos que están espachurrados de tantos nervios...

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  8. Muy original...me encanta la remolacha.

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  9. Muy buena la segunda parte, con mucha chicha. Seguimos a la espera.

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  10. bufff ahora me dejas con ganas de más.....ta bieeeen, esperaré el siguiente capítulo, pero que sepas que a esto se le llama "tortura del lector"...que de golpe y porrazo les cortas su bien mas preciado y le dejas con los ojos abiertos y sin saber donde mirar...y para poder aguantarse hasta el próximo post lee sin parar todo lo que se le echa por delante...periódicos, invitaciones, recetas......ahora bien yo me cojo un pedazo de esa tarta taaaaaaaaaan rica( las fotos me encantan) con una tazita de te y aquí me tienes esperando el 3er capítulo de esta historia que me tiene la curiosidad robada....

    Y ahora una pregunta de cocina, cuando das las medidas con cucharas y tazas...a que tazas te refieres...a una grande o no tanto o......????
    un besote

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  11. ¡Ay! Aquí estoy con los nervios a flor de piel esperando la siguiente entrega.

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  12. Anotado, para rallar la remolacha sacaré el delantal que uso para descuartizar, y casi que me lo dejo puesto, por si los próximos capítulos salpican... emoción

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  13. Mmm, querida, le veo a usted un cierto aire de Deborah Kerr últimamente, ¿o ando yo equivocado? Otra receta suya para añadir a la lista: tengo ya un poco aborrecido el pastel de zanahoria que sirven ahora en todas partes, pero pastel de remolacha y chocolate, no lo había visto nunca...

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  14. JB: hombre, pues gracias. Qué entusiasmo, qué barbaridad :-D. Intentaré no pararme, aunque es muy probable que ralentice un poco (trabajo, uf, y cuando llego a casa no llego en estado muy inspirado. En cuanto sepa lo que va a pasar, yo sigo, no te preocupes :-).

    Zarawitta: efectivamente, este pastel tenía un toque siniestro que me pareció que iba perfecto con la historia. Y estaba muy rico.

    Fresaypimienta: no tan original, no creas. Hace tiempo que vi alguna receta por ahí, en un sitio vegetariano. Y me dije que tenía que probarla. Hice un primer intento, siguiendo la receta a rajatabla, y no me gustó mucho. Éste es el segundo intento, hecho a mi manera. Y esta vez quedó rico.

    Susana y Cris: uhm, chicas, creo que tendríais que leer las etiquetas de las entradas. Si no, vais a terminar pensando que es verdad que Dios (o Papá Noel) me llaman por teléfono. O que estoy loca de atar. :-D

    Lucía: estos postres los pruebas todos en unos cuantos cumpleaños, ya verás :-).

    Luisa: a tí también, si es que un día de Todos los Santos puede ser "feliz" :-).

    Maite (Mai): espero que tu confusión provenga más de tu exuberancia natural que de que yo no sea capaz de contar una historia como dios manda :-). Este pastel sangriento yo no lo hice en la cocina de la señora Dudley, no. Ni hablar. Vamos, qué miedo hubiera pasado. Es una receta que había probado en casa.

    Angeles: pues prueba este bizcocho. Aunque no sabe a remolacha, sabe sobre todo a chocolate.

    Sergio: jo, qué presión :-).

    Núria: las tazas son una medida norteamericana de volumen. Te aconsejo googlear ya mismo para buscarte un convertidor de tazas. Los hay a montonoes, y las convierten a unidades de peso, que es lo que se utiliza en España (aunque yo ya me he acostumbrado, y me parece infinitamente más fácil trabajar con tazas que andar pesando). Para que te hagas una idea, 1 taza corresponde más o menos a un vaso de esos de Nocilla, lleno. Pero búscate el convertidor, que en repostería la precisión es vital.

    María: yo también... esperando a ver qué se me ocurre, vaya. :-)

    Noema: yo creo que esto es lo más "gore" que vas a leer por aquí, guapetona. Soy bastante abuelita, ya me conoces.

    Ander: oh, ah, Deborah Kerr, qué más quisiera yo... con la ropita ya me conformaba, vaya... :-D. Prueba este pastel, Ander, dear, no tiene nada que ver con el de zanahoria. La textura es estupenda.

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