domingo, 18 de noviembre de 2012

Los 50 libros que hay que leer antes de morir. O antes de dormir.



Sí. OTRO post sin receta. Los golosos no estáis de suerte. Sigo trabajando a ritmo inhumano y el horno de Muffin Manor está ahí, triste e inactivo, pero he pensado que este post podría interesar a otro tipo de glotones: los literarios. Los que me leéis desde hace un tiempo recordaréis que este blog, entre las muchas tonterías que cuenta, se permitía de vez en cuando recomendar lecturas. Lecturas ligeras, nada serio ni con pretensiones literarias, novelas con crímenes y recetas de tartas en su mayor parte. 

Hace tiempo un amigo resurgido de un pasado lejano y español, me escribió pidiéndome recomendaciones de lectura. Como ese amigo en cuestión parece confiar extrañamente en mi criterio (lo de extrañamente es porque ambos conocemos a gente mucho más -y mejor- leída que yo), me sentí inmediatamente abrumada por la responsabilidad.  Me puse manos a la obra, seria y aplicada, intentando superar los dos problemas principales: mi amigo es un hombre de mi edad (vamos, joven), pero un hombre, no obstante. No es culpa suya, nació así. Y como lo perdí de vista décadas enteras, (la última vez que nos hablamos creo que él debía tener unos tiernos dieciocho años), pues en realidad no lo conozco bien, no sé quién es ahora. Y yo tampoco leo lo mismo que en aquella época. 

Para los que ya estáis mesándoos el pelo, acusándome de sexista delante de vuestros ordenadores, os diré que, siendo muy consciente de que esto es una generalización, y como todas las generalizaciones no vale gran cosa, con el tiempo he podido constatar que los hombres y las mujeres no leen las mismas cosas. No exactamente. No todo el tiempo. Yo nunca me he extasiado sobre la obra de Jane Austen en una conversación con un miembro del sexo opuesto. No con uno heterosexual, en cualquier caso. Espero impaciente el día en que pueda hacerlo, creo que le pediré que se case conmigo. Pero por eso publico esto hoy: para aprender, para que me derribéis tópicos y, sobre todo, para qué ocultarlo, porque no sé qué leer últimamente.

Así que como a todos nos gusta jugar a hacer el palmarés de «Los 50 libros que hay que leer antes de morir» (o los 100, o los mil), os voy a pedir que me escribáis el vuestro en los comentarios. No tienen por qué ser 50 ni cien libros, sólo escribir los libros que os han marcado ya es estupendo. Pero si queréis tomaros la molestia de escribir una lista más larga, pues genial. En realidad a mí esto de la lectura «obligatoria» para hacerse con una cultura me pone de los nervios... uno lee porque la vida sola, sin libros, es un coñazo, por no hablar de las salas de espera y de los autobuses... uno lee -y escribe- porque la realidad no es suficiente.

Una advertencia: leed mi lista sin juzgar, como yo leeré las vuestras. La mía la he escrito con la mayor honestidad posible, intentando no incluir ningún título que no me haya dejado un recuerdo bueno e imborrable. Vamos, que no aspiro a impresionar a nadie. No hay nada original ni quizá -piensen los puristas- particularmente bueno. Sin embargo, he hecho un poco de selección: he dejado fuera de la lista la enorme cantidad de libros policiacos y otros engendros que me han hecho disfrutar horrores (como, yo qué sé, las novelas de Charlaine Harris), e intentado limitarme a lo que se puede llamar literatura. La idea no es impresionarnos mutuamente con nuestra deslumbrante cultura: la idea es proporcionarnos horas de agradable lectura de autores que no nos hubiera dado por descubrir solos.

Guardaos para vosotros los psicoanálisis de aficionado y los patrioterismos. Lo digo por la anglofilia manifiesta que deja entrever mi lista de favoritos, y la patente ausencia de autores hispanos, así como por mi amor evidente por la novela gótica y las historias de amor tumultuosas y decimonónicas. No empecéis a escribirme comentarios sobre si desprecio las letras hispanas, por favor. Si empezáis a sacar conclusiones sobre mi persona, podéis meteros las conclusiones donde os quepan. Yo lo único que quiero es leer. Y si nos descubrís algo nuevo a todos, incluyendo a mi amigo, os adoraremos por ello.

Ahí va:

•  «Miedo a volar», de Erica Jong. Mi revelación feminista (infinitamente más divertida que la petarda de Sylvia Plath). Si lo releyera ahora quizá me parecería muy malo, pero como me marcó tanto no quiero estropearlo. Lo mantengo en el recuerdo.
«Cumbres Borrascosas», de Emily Brontë
«Jane Eyre», de Charlotte Brontë
«Tess de Uberville», de Thomas Hardy (la traducción del título desanima, lo sé)
«La letra escarlata» y «El romance de Blithedale», de Nathaniel Hawthorne
«Orgullo y prejuicio», de Jane Austen. Para chicas (sí, por mucho que digamos...) o para caballeros bastante románticos.
«A Long Fatal Love Chase», de Louisa May Alcott (sí, sí, la autora de «Mujercitas»... imagino que una se queda enganchada a sus primeras lecturas). Lo peor es que no recuerdo si lo leí en inglés o en español, pero no encuentro ninguna edición traducida. En cualquier caso, largo, melodramático, lleno de amores tormentosos. Seres dotados de testosterona abstenerse. Seres dotados de estrógenos abstenerse si no sentís una fascinación extraña por desenterrar novelas del siglo XIX que no le gustan a nadie.

AMORES PROHIBIDOS (SIEMPRE INTERESANTES)
«Lolita», de Vladimir Nabokov
«El amante», de Marguerite Duras
«Doctor Zhivago», de Borís Pasternak
«El amante de Lady Chatterley», de D. H. Lawrence
«Maurice», de E. M. Forster

PARA ECHARSE UNAS RISAS
«La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey», de Mary Ann Shaffer y Annie Barrows. Entrañable. El libro que te recuerda tu amor por los libros.
«Sin noticias de Gurb», de Eduardo Mendoza
«Ensayos (o cuentos, depende de la edición) humorísticos», de Mark Twain.
«Un yanqui en la corte del rey Arturo», de Mark Twain. El clásico recomendado desde siempre es «Las aventuras de Tom Sawyer», pero a mí me divirtió mucho más éste.
• Cualquier libro de la serie «El pequeño Nicolás», de René Goscinny
«La reina y yo», o cualquiera de la serie «El diario secreto de Adrian Mole», de Sue Townsend
«El diario de Bridget Jones», de Helen Fielding. Sí. Indispensable.
«Cómo hacer el amor con un negro sin cansarse», de Dany Laferrière (autor quebequés)

UN POCO DE NOVELA INQUIETANTE Y ALGÚN CRIMEN QUE OTRO
«Drácula», de Bram Stoker
«Frankenstein», de Mary Shelley
«El extraño caso de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde», de Robert Louis Stevenson.
• Cualquier cuento de Edgar Allan Poe, especialmente «El corazón delator», «La caída de la Casa Usher» y «Berenice».
«El retrato de Dorian Gray», de Oscar Wilde
«Otra vuelta de tuerca», de Henry James.
• Cualquiera de Dickens. Entre los deprimentes, mis favoritos son «Oliver Twist» y «La tienda de antigüedades», aunque un profe de literatura te recomendaría «Casa desolada». Entre los que dan ganas de vivir, sin duda mi favorito es «Canción de Navidad», aunque los «Papeles póstumos del Club Pickwick» también me gusta.
«Las aventuras de Sherlock Holmes», de Arthur Conan Doyle. Por supuesto.
«El nombre de la rosa», de Umberto Eco.
«El secreto», de Donna Tartt. Advertencia: esta novela no es la clásica policiaca con mucha acción. Tartt no abruma con hechos, a ella le gusta inquietar al lector con atmósferas. Es posible que te resulte soporífera. A mí me gustó.

FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN (Estoico Hermano es en gran parte el culpable de que esto forme parte de mi lista)
«Dune», de Frank Herbert. Esencialmente los dos primeros. Después estira demasiado la saga
«Memorias encontradas en una bañera», de Stanisław Lem
«El hobbit», de J.R.R. Tolkien.
«Harry Potter». TODA la serie. De J.K. Rowling
«Las crónicas de Narnia». Al menos el primero: «El león, la bruja y el armario». De C. S. Lewis

ESOS QUE ME GUSTAN Y NO SON CLASIFICABLES... MELANCOLÍAS Y NOSTALGIAS VARIAS
«La muerte y otras sorpresas», «Despistes y franquezas» de Mario Benedetti (en realidad, cualquiera de Benedetti) y su inventario de poesía.
«El libro de los abrazos», de Eduardo Galeano
• Poesía de Cesare Pavese
• Poesía de Walt Whitman (sí, sí, yo solía leer mucha poesía... *suspiro*)
«Matar un ruiseñor», de Harper Lee
«La cabaña del tío Tom», de Harriet Beecher Stowe
«El animal moribundo» y «La mancha humana», de Philip Roth
«Retorno a Brideshead», de Evelyn Waugh
«Nunca me abandones» y «Lo que queda del día», de Kazuo Ishiguro
«Sangre de mi sangre», de un canadiense: Alistair MacLeod
«Un árbol crece en Brooklyn», de Betty Smith

MALA VIDA (esta fase se me pasó hace mucho, pero siempre viene bien acordarse...)
«Trópico de Cáncer», de Henry Miller
«El Diario de Anaïs Nin», de la autora homónima
«Música de cañerías», de Charles Bukowski
• Jean Genet... etc.

Y, BUENO, LOS CLÁSICOS...
«La montaña mágica», de Thomas Mann
«El perfume», de Patrick Süskind
«Encender un fuego», «Colmillo Blanco»... todo Jack London.
• Boris Vian
• Colette
• Pat Conroy. Prácticamente cualquiera, tanto las novelas sureñas como en las que habla de educación. Mantengo que este hombre va a ser un clásico de la talla de Tennessee Williams o Faulkner. A ver si paran de tratarlo como si fuera un autor de novelas Arlequín.

Estoy segura de que si mañana escribiera otra lista, sería diferente, me vendrían a la memoria otros autores, dependiendo de mi agilidad neuronal del día y de mi estado de ánimo. Pero con esta lista ya hay con qué entretenerse. 

¿Y vosotros? ¿Qué proponéis? Espero vuestras listas.

domingo, 28 de octubre de 2012

Gatitud y gratitud

Pérez-Reverte escribió una vez en una crónica muy emocionante sobre una perra abandonada en una gasolinera que seguía esperando a sus dueños después de un año, que ningún ser humano vale lo que valen los sentimientos de un buen perro. Sin ser tan extrema, yo diría que algunos seres humanos no valen lo que valen los sentimientos de un buen perro o un buen gato. Estoy convencida. 

Hace ya casi dos semanas que enterramos a Alfonso en el jardín de Muffin Manor, frente al estanque de las ranas. Alfonso, nuestro gato-perro, como lo llamaba una buena amiga, se fue de la misma manera en que había vivido: rápido, de buen humor, sin quejarse, ronroneando y confiando plenamente en nosotros y dando muestras de afecto a pesar de que debía de estar sufriendo un auténtico calvario. El tumor que tenía era enorme, óseo, extendido a buena parte de la mandíbula, y el único tratamiento posible era operarle y cortarle un pedazo de la misma. La calidad de vida que le hubiera quedado tras esa tortura habría sido lamentable. Aún así, es muy posible que ya tuviera metástasis en los pulmones. La veterinaria nos dijo que lo mejor era una eutanasia, y que nuestro gatazo, de casi trece años, ya había vivido una buena vida. Le pedimos estar presentes mientras le daba la inyección, y lo acariciamos mientras se le paraba ese corazón tan enorme que tenía. Alfonso no se dio cuenta, estaba anestesiado y dormía tranquilamente, algo que sabía hacer muy bien (horas y horas de práctica :-). Era lo mínimo que podíamos hacer por un animal que siempre ha estado presente en nuestros peores y mejores momentos. Esa misma mañana, antes de salir para el veterinario, habíamos compartido una sesión de rascada de cogotillo y ronroneos estruendosos mientras yo me tomaba el café.

Al volver a casa lo enterramos en el islote frente al estanque. A Monsieur M. se le caían unos lagrimones gordos como garbanzos mientras cavaba la tumba (hay algo profundamente triste en el hecho de ver a un hombre tan grande llorar por un ser tan pequeño). Yo planté unos bulbos de tulipanes para marcar el sitio. Ahora que el estallido de color otoñal ha terminado en Quebec, y los árboles han perdido las hojas, la bruma y los días grises de finales de octubre y noviembre acompañan perfectamente a lo que siento cada vez que miro por la ventana y veo el pequeño túmulo de piedras.

Fonso era fiel, adorable, paciente y estaba siempre de buen humor. Más de lo que se puede decir de muchos maridos.  Tenía ese don de ganarse el cariño de todos los amigos a los que no les gustan demasiado los gatos. Se dejó estrangular repetidas veces por mi sobrino cuando éste era demasiado pequeño como para saber tratarlo con delicadeza, y nunca lo arañó. Soportaba todos sus estirones, achuchones y dedos en los ojos con una paciencia remarcable y cierta cara de resignación. En los momentos bajos siempre estaba ahí, lamiéndote un mechón de pelo para animarte, ronroneando como diciendo: -«Venga, seguro que no es tan grave, deberías lanzarme la pelota y olvidarte un poco de todo eso». Cuando estaba enferma lo detectaba antes que ningún médico y venía a enroscarse en mi regazo. Cuando intentaba leer el periódico (en la época en que era de papel), invariablemente se acostaba sobre la página que estaba leyendo. Ante mi mirada censuradora se ponía tripa arriba, recordándome sus prioridades: vale, la crisis, sí, pero... ¿y las rascadas de barriga? Alfonso ha sesteado sobre una cantidad increíble de exámenes por corregir y pilas de artículos universitarios . Puede que de ahí le viniera su sabiduría. La camaradería era innata.

Sé que era un gato, y que ha vivido una vida mejor que muchos niños en este planeta de locos. Ha comido varias veces al día durante toda su existencia, y probablemente ha recibido más cariño que muchos seres humanos. Pero era mi gato. Una parte -felina- de nuestra familia. Gordo, simpático y afectuoso. Y yo lo quería. Su simple existencia me hacía sonreír. Es difícil hacer justicia a tanto amor desinteresado como el que recibí de ese animal con mi vocabulario limitado. La gente podría aprender sobre el amor inspirándose de los animales. Yo he aprendido mucho. 

Gracias por todo, Fonso. Espero haberte correspondido dignamente en la medida de mis posibilidades. Al fin y al cabo, yo sólo tengo un corazón humano. 


lunes, 15 de octubre de 2012

Otoño

El otoño ya está aquí de nuevo. Parece que hace dos días que era verano, que nos mudamos, que estuve en Nueva York con Noema en unas vacaciones estupendas de exploración gastronómica. El tiempo pasa tan rápido como las bandadas de gansos salvajes que han sobrevolado Muffin Manor durante las dos últimas semanas, anunciando que la nieve no anda lejos. Los días de octubre que llevan a Halloween se suceden, dorados, el aire matinal es fresco (ya casi frío) y límpido aquí en mi nueva región, los montes Laurentides, las hojas crujen bajo los pies y el olor de la lana de mi jersey favorito vuelve a acompañar mis paseos. La gente ha sacado las calabazas a la puerta y los supermercados venden paquetes enormes de caramelos que los adultos compramos diciéndonos que son para dar a los críos en la noche de Halloween y que nos zampamos a escondidas. Poco a poco nos hemos ido apropiando la nueva barraca. La cocina se ha llenado de aromas de crema de calabaza y jengibre, de tarta de manzana y de pastel de zanahoria con especias, y al fin la casa ha empezado a oler a nuestra casa.

Como le decía a un lector en los comentarios, me muero de ganas de sentarme a escribir y tengo recetas en reserva en el disco duro, y fotos, y los próximos capítulos de la tercera temporada :-) de mi historia detectivesca por entregas (esos en la cabeza, y en un cuaderno). Pero es que la mudanza ha sido brutal. La reforma y pintura de la nueva «choza» han sido brutales (todo con estas manitas). La vuelta a las clases está siendo brutal. La universidad me consume todo el tiempo (porque yo tendré imaginación, pero las clases que doy tengo que prepararlas igual :-). Y también hay que vivir. Hay que andar por el bosque y recoger hojas, hacer galletas, rascarle la barriga a Alfonso, comer sopa, beber tés con los amigos, ir al cine, leer novelas de crímenes y plantar bulbos de tulipanes delante de la ventana de la cocina. 

Que sepáis que no es desidia, ni hartón de blog (hay épocas en las que pasa, porque es mucho trabajo), ni falta de ideas. Es simplemente que en Canadá los días tienen solamente 24 horas. Hasta que las cosas se calmen un poco, os dejo unas fotos de mi nuevo entorno. Para que veáis que el otoño en Quebec sigue siendo espléndido.



   



domingo, 1 de julio de 2012

Vacaciones


...mmmás o menos. Estamos en pleno caos post-mudanza, así que tengo por delante algunas semanas de brocha y rodillo. Cuando haya colgado la ansiada hamaca y desenterrado los moldes de repostería de la caja donde yacen, retomaré el blog. Prometo nuevos capítulos, recetas, fotos y absurdeces varias, todo ello desde Muffin Manor. Porque con vistas al bosque seguro que se escribe mejor. O al menos, más contenta. Entretanto, buen verano a todos.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Mudanza (III): Hamaca

Monsieur M. y Esposa Derrengada siguen empaquetando furiosamente su vida entera en cajas de cartón convenientemente etiquetadas y apiladas. Alfonso proporciona apoyo felino metido en una caja vacía y ronroneando encantado. Una parte importante del arte de la mudanza en pareja es tener presente en todo momento que tus cosas de gran importancia y valor sentimental son básicamente porquerías a los ojos de tu pareja, y que sus porquerías son cosas de gran importancia y valor sentimental para él. Recordar esto os puede evitar un divorcio.

Tras dos semanas de empaquetado intensivo, los criterios de selección qué-tiramos/reciclamos/damos/nos-llevamos han cambiado de manera perceptible. También dependen mucho de la hora.  Por ejemplo, al final de la tarde no es raro sorprender este tipo de conversación en las profundidades del sótano de la barraca montrealesa:

Monsieur M., cargando con una caja que lleva en el trastero quién sabe cuánto, abriéndola y contraviniendo a las normas fijadas por su Derrengada Esposa: si está en una caja, no sabes lo que es, y no lo has sacado en tres años, puedes lanzarlo directamente a la basura. Sin pasar por la casilla de salida. :-« Ha llamado mi hermano.» Hurga en la caja. Saca un walkman. De los que funcionaban con cassettes. -« Dice que nos presta el remolque. Si lo enganchamos al pickup vamos a poder llevar las cosas más frágiles antes de que venga la compañía de mudanzas. »

Esposa Derrengada, pañuelo a la cabeza, buzo de obrero, sudorosa, polvorienta, no levanta la vista de SU caja, que contiene todos los regalos insensatamente feos que ha recibido desde que vive en Canadá, entre ellos tres jarrones (¿qué le pasa a la gente con los jarrones?), unas decoraciones de Navidad de ganchillo y variados recuerdos de las vacaciones de miembros de la familia, y masculla: -« O podemos meter en él a Alfonso, y ahorrarnos cuarenta y cinco minutos de maullidos desesperados. » (Alfonso no es buen viajero).

Monsieur M., mirándola de reojo: -« Pareces un poco, hum, irritable. Mi diosa. » Se apresura a añadir.

Esposa Derrengada, con cierto sarcasmo: -« ¿Irritable? ¿Yo? ¿Y por qué? ¿Porque la casa es un caos tal que va a ser declarada una maldita zona catastrófica? ¿Porque llevamos un mes empaquetando cosas absurdas? ¿Y comiendo materia congelada no identificada? ¿Porque cuando no estoy empaquetando estoy preparando clases, corrigiendo, trabajando, vaya? ¿Porque ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que hice algo extravagante como, qué sé yo, ir al cine? ¿O sentarme en el sofá y no hacer NADA? » Vale, es cierto, una ligera histeria tiñe sus palabras.

Monsieur M.: -« Creo que tú vas a ir en el remolque con Alfonso, reina mía. » Antes de que Esposa derrengada pueda gruñir una respuesta, Monsieur M. saca un rollo de tela de la caja en la que está hurgando: -« ¿Y esta hamaca? ¿De dónde sale? »

Esposa Derrengada, murmura mientras observa, atónita, un coco tallado en forma de mono que alguien les trajo de sus vacaciones en Cuba: - «Uhm, Dan, creo. Te la regaló por tu cumpleaños, hace unos cuatro años. El hecho de que no tuvieras en el patio ningún árbol donde colgarla no pareció preocuparle lo más mínimo. »

Monsieur M.: -« Entonces ya va siendo hora de dársela a alguien. »

Esposa Derrengada, un tanto agresiva, esgrimiendo el coco: -« Ni. Se. Te. Ocurra. » « Esa hamaca, y la imagen de mí misma durmiendo un siestorro en ella una vez colgada entre dos árboles detrás de la nueva casa es lo único que me mantiene funcional ahora mismo. Esa hamaca y ese siestorro potencial que visualizo en lontananza -tras la mudanza, la limpieza, la pintura y haber desempaquetado todo esto- es lo que me está conservando la cordura, es la zanahoria colgada del bastón que impide que rocíe esta pila de cajas con tu mejor Single Malt y les prenda fuego. No. La. Toques. » Respira hondo y lanza furiosamente el coco a la bolsa de basura en la sección « Para tirar ». El proyectil asusta a Alfonso, que sale disparado.

Monsieur M., la mira boquiabierto y un poco asustado: -« Euh, mon p'tit loup, propongo que esta noche pasemos de  vaciar el congelador y vayamos al chino. Creo que nos va a venir bien salir de casa. »



lunes, 21 de mayo de 2012

Mudanza (II): Majestuoso

Monsieur M. y Esposa Indigna se pasean por la enésima tienda de muebles con mirada vidriosa y paso cansino. Su misión: encontrar LA cama conyugal. Y el colchón correspondiente. O en su defecto, encontrar UNA cama en la que desplomarse cuando termine el día de la mudanza. A estas alturas a Esposa Indigna ya empieza a darle bastante lo mismo, más que nada porque en lo que van de semana ya han comprado un sofá, un sillón, un frigorífico (sin congelador), un congelador (sin frigorífico, imprescindible cuando uno vive a kilómetros del súper más próximo, y muy útil en caso de que uno quiera congelar, qué sé yo, unos gansos, un alce, un marido que pretende comprar electrodomésticos y piezas mayores de mobiliario a velocidad de sprint). Aquí hay que aclarar que tanto Monsieur M. como Esposa Indigna merecen una cama nueva: han pasado trece años durmiendo en un futón sumamente espartano sin pies ni cabecera, y ahora que Esposa Indigna es oficialmente cuarentona y Monsieur M. un hombretón en pleno esplendor maduro y viril con las rodillas que crujen, ambos quieren una base de cama que levante más de diez centímetros del suelo. Algo de lo que sea más fácil extraerse por las mañanas.

Ésta es la primera vez que Esposa Indigna va a comprar muebles a una tienda de personas mayores. Hasta ahora todos los muebles que había comprado en su vida tenían nombres con å y ö y venían con instrucciones de montaje estilo huevo Kinder. Es una experiencia nueva para ella. Una experiencia de la que podría prescindir tranquilamente.

Esposa Indigna, que ya arrastra el cansancio acumulado de su trabajo, de la mudanza y de kilómetros y kilómetros de tiendas de muebles pobladas de agresivos vendedores a comisión que le ofrecen insistentemente el último set de dormitorio « Lujuria y cuero en Versalles », « Dormitorio vaticano » o « María Antonieta atiborrada de esteroides » (es una cosa que tienen bastantes quebequeses, esa pasión por los muebles estilo Luis XVI) espera con impaciencia el momento de probar el colchón. Lo que al principio de la jornada era un tanto embarazoso, ahora se ha convertido en su parte favorita del día. El vendedor guía a Monsieur M. y Madame hacia la parte de colchones, ellos le explican pacientemente sus gustos y necesidades: más bien durito, nada de muelles, porque aquí Monsieur pesa el equivalente a dos Mesdames, y cuando estornuda en un colchón de muelles Madame rebota abundantemente. Látex. Nos gusta el látex en el colchón. ¿Encima? Eso no es asunto suyo.

El vendedor indica el colchón apropiado con un gesto florido, y nos invita a acostarnos. Así, en público. Ahí empieza el momento surrealista de la compra. Los dos tumbados en medio de la tienda de muebles, formalitos, Esposa Indigna aún agarrando el bolso, bajo la mirada benevolente del vendedor. Os imagináis la escena, una pareja acostada y un señor en traje y corbata chillona que los contempla y les pregunta junto a la cama: -« ¿Qué tal? » y les dice cosas como -« Gire, señora, acuéstese de lado, a ver qué le parece » y -« Señor, muévase un poco, a ver si la señora lo nota ». Suspiro. Esposa Indigna, con un dolor de pies atroz y una pila enorme de trabajos por corregir, abandona toda dignidad y se muerde la lengua para no decirle al vendedor que vaya a atender a otros clientes y la despierte dentro de cuarenta y cinco minutos. Demasiado tarde: Monsieur M., eficaz y maratoniano, ya se ha levantado y está informándose de los materiales de fabricación -petroquímicos o no, ignífugos o no, hipoalergénicos o no-. Esposa Indigna los mira mientras hablan, aún tumbada. Monsieur M. se informa de la altura de colchón y somier disponibles. Él parece dispuesto a vengarse de trece años de acostarse a ras de suelo comprando una cama a la que Esposa Indigna tendrá que trepar con una escalerilla. Dos parejas pasan y miran la escena. O la cama. Esposa Indigna les saluda con la manita, aparta el bolso y se acomoda de lado, el codo bajo la almohada -ergonómica-, en su postura preferida, lista para la inconsciencia. Mientras cierra los ojos, en medio de una bruma de fatiga, oye decir al vendedor: -« Llévese el somier de 57 centímetros. Es más majestuoso. »