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martes, 20 de diciembre de 2011

Vuelta a casa por Navidad: pasteles de lava nevados

Hija Ingrata vuelve a casa por Navidad.

No. Corrijo. Hija Ingrata vuelve a casa de su Santa Madre por Navidad. Aunque esta casa de su infancia, en esta ciudad vagamente pesadillesca, en este país natal, le sea familiar, ya no es exactamente su casa, su ciudad, su país. Hija Ingrata barrunta que hace ya tiempo que ha pasado el punto de inflexión del inmigrante, el ecuador en el que el país de origen se vuelve a un tiempo un lugar muy familiar y sumamente extranjero. Hija Ingrata supone que esto es lo que les ocurre a todos los que un día abandonan lo conocido y se van a otro sitio, a ver si están. Ella se da cuenta de que a estas alturas, está más en Canadá. Y de que ya es oficialmente guiri. Aunque le encanta volver a ver y abrazar a Estoico Hermano, Sobrino Espitoso (cuyo nombre ya no es nada apropiado), Bebé Brutita, Recia Cuñada, Santa Madre y a todos sus amigos, los viejos y los nuevos.

Si Hija Ingrata tuviera que describir su visita navideña con referencias cinematográficas, diría que es una mezcla, a partes iguales, de "Home for the Holidays", "High School Reunion", "La grande bouffe" y "Terror en el frenopático", todo ello dirigido por Alex de la Iglesia.

Monsieur M. la sigue de buen talante, paciente, ligeramente aturdido por el exceso de ruido, el castellano rapidísimo de los vascos, la densidad de población y la exuberancia nacional, encantado por los pintxos y desconcertado por la falta total de lógica de las conversaciones familiares. Él sonríe, escucha, come todo lo que le ponen por delante (que es mucho), bebe vino y juega con los sobrinos.

Hija Ingrata respira hondo, se mantiene cuidadosamente alejada de la cocina salvo para fregar los platos (Santa Madre defiende su territorio con uñas y dientes), sonríe, intenta seguir las conversaciones, repite que NO, no ha adelgazado, y que NO, no quiere tener niños a todo el que se lo pregunta (una gran cantidad de personas, muchas de ellas prácticamente desconocidas, pero con un extraño interés en su vida reproductiva) y en general intenta asumir que es normal que esta vuelta a casa por Navidad no se parezca en absoluto a un puto anuncio del Almendro. De vez en cuando siente la necesidad de colocarse con drogas duras, pero no es muy a menudo, y siempre puede darse al Freixenet.

Hija Ingrata constata además que en apenas dos semanas de entrañable visita familiar: a) le sale un acné nada juvenil (probablemente todos esos pintxos) b) engorda (probablemente todos esos pintxos) c) la ropa no se seca en esta Euskadi húmeda, así que termina poniéndose el pantalón de chándal que abandonó en su cuarto hace doce años d) todos los antiguos compañeros de colegio con los que se encuentra le repiten con fervor: "estás igual, de verdad, estás igual". Cuando Hija Ingrata contempla las fotos de las fases más repulsivas de su adolescencia que Santa Madre exhibe orgullosa por TODA la casa, no sabe si tomarse ese "estás igual" como un cumplido o galopar al salón de estética más cercano. En los momentos bajos Hija Ingrata suplica que alguien la saque rápidamente de aquí y la lleve al aeropuerto, o se le perderán las lentillas y acabará teniendo que llevar esas gafas de montura dorada que llevaba a los catorce. Y de ahí al suicidio no queda mucho.

*****************

Estampa navideña. Interior, noche. En la cocina vasquísima de Santa Madre (calendario del equipo de remo local, estampitas de la Virgen de Begoña por doquier, pimientos choriceros decorando la puerta de un armario). Monsieur M. mira con ojos desorbitados el despliegue de platos que Santa Madre llama "una cenita ligera".

Santa Madre: -"Hala, hala, comed. Que no habéis comido nada. Y mañana estoy invadida de sobras."

Hija Ingrata, soltándose el botón de los vaqueros (vaqueros que le quedaban más bien holgados al bajar del avión): -"No puedo más. De verdad. Teniendo en cuenta que el ejercicio más violento que hemos hecho hoy es quedar en el bar con unos amigos, no tenemos mucha hambre." Por no mencionar que ayer Estoico Hermano y su cuadrilla de amigotes nos llevaron a Monsieur M. y a mí de alubiada ritual. Fue talmente como una viñeta sacada de "Astérix en Bélgica". Monsieur M. estuvo muy integrado (cuatro platos, el muchacho, CUATRO), casi le conceden la ciudadanía honorífica. Si una digestión puede producir un paro cardiaco, ciertamente fue la de ayer. Y cuando los terminó, a juzgar por las palmadas satisfechas de hombros que recibió, casi se esperaba que le hicieran un tatuaje en la frente, como en las tribus de Papuasia. Aún estábamos reponiéndonos de la experiencia.

Pero Santa Madre, criada en una familia numerosa en plena posguerra y condicionada desde su más tierna infancia a demostrar amor alimentando al prójimo y ejerciendo lo que he dado en llamar hospitalidad agresiva, no entiende conceptos como "no tener hambre", tan exóticos para ella como la hipótesis del agujero de gusano de Schwarzschild.

Santa Madre: -"Dejar tanta comida es un pecado. Con la cantidad de gente que pasa hambre en el mundo", espeta, empujando en mi dirección un plato de garbanzos.

Hija Ingrata masculla, pasándole el plato a Monsieur M., que lo mira con algo que podría ser desesperación. O pánico. -"Eso es porque no los han enviado a esta casa. Estoy segura de que pondrías remedio al problema rápidamente." Dice, más alto: -"Ehm, ajem, quizá es porque ya hemos comido unos entrantes, ensalada, sopa, primer plato, segundo plato, tercer plato, éste sería el cuarto plato, (si llevo bien la cuenta, porque con esta digestión laboriosa empieza a faltarme el riego al cerebro) y sospecho que habrá postre, ¿verdad?"

Santa Madre, orgullosa: -"Unas natillas caseras riquísimas, hija. Y fruta del tiempo, claro."

Hija Ingrata, mirándola fijamente, con incredulidad: -"Eso son DOS postres, mamá."

Santa Madre, que en suma es un ser bastante asombroso, con cara de extrañeza: -"Pero la fruta ALIGERA el estómago, hija. Eso lo sabe todo el mundo." Volviendo la cabeza a Monsieur M., y levantando mucho la voz, algo que está convencida de que mejora su comprensión del castellano: -"UY, TE VOY A SACAR UN JAMONCITO DE PALETILLA QUE TE VA A ENCANTAR, ¡SE COME SIN HAMBRE!"

Los dos nos miramos, mudos. Y pensamos que aún tenemos que sobrevivir a la Nochebuena.


























PASTELES DE LAVA NEVADOS (HOMENAJE A EL HIERRO)

(Con múltiples besos para mis amigos canarios)

Nevados por fuera, calentitos y tiernos por dentro. Estos pasteles son facilísimos de preparar y dan un resultado lujurioso y espectacular. Llevan relativamente pocos ingredientes y se mezclan a mano con muy poco esfuerzo y ensuciando un mínimo de cacharrería, algo muy de apreciar en estas fechas en las que la cocina parece un campo de batalla.

INGREDIENTES
  • 120 gramos de buen chocolate de repostería, 70% de cacao (4 cuadrados de Baker's Premium negro, para los que viven al lado americano del charco, o Ghirardelli, que también está muy bien), cortado groseramente en pedazos. Me dice una lectora que el chocolate Valor negro a la naranja que venden en España también funciona bien (gracias, Miércoles)
  • 1/2 taza de mantequilla cortada en pedazos (ojito: he dicho mantequilla, no margarina, en estas fechas vamos a dejarnos de tonterías)
  • 1 taza de azúcar glas
  • 2 huevos, a temperatura ambiente
  • 2 yemas de huevo, a temperatura ambiente
  • 6 cucharadas soperas de harina, tamizada
      Para la presentación:
  • 1 cucharada de té de azúcar glas
  • 12 frambuesas, moras, grosellas o cualquier otra fruta (granada, gajos de mandarina, de naranja...) para decorar
  • si os sentís sibaritas, podéis diluir un poco de mermelada de frambuesa con una gotita de Cointreau (o de zumo de naranja), y hacer artísticos chorreoncillos en el plato que darán a vuestro postre un toque muy de restaurante pijo-molecular (preparadlo de antemano, hay que servir los pasteles en caliente)
ELABORACIÓN

Precalentar el horno a 220°C. Enmantequillar cuatro moldes de mini-soufflé (o ramequines). Colocarlos en una bandeja para horno.

En el microondas, fundir el chocolate y la mantequilla troceados (más o menos un minuto al máximo). Batir manualmente con unas varillas hasta que la mezcla sea homogénea, brillante y untuosa. Añadir la taza de azúcar glas progresivamente, tamizándola. Mezclar bien. Incorporar uno a uno los huevos y las yemas, sin parar de batir. Por último, añadir la harina tamizada. Seguir batiendo hasta que la mezcla no tenga grumos. Verter en los moldes.

Hornear de 12 a 13 minutos, dependiendo del horno (tiene que estar bien caliente). La parte superior de los pasteles debería estar hecha al tacto, pero el centro tiene que ceder, prueba de que el corazón del pastel aún está fundente y delicioso. (Aviso: si pensáis servir estos pasteles en una ocasión especial o cena navideña, os sugiero que preparéis uno de prueba antes. En este caso el punto de cocción correcto es lo que hace que este postre sea bastante maravilloso :-), así que probar cuánto tiempo lleva obtenerlo con vuestro horno es crucial). Dejar reposar apenas un minuto, pasar un cuchillo por los bordes y desmoldar con brío en platos de postre. Sacudir la cucharada de azúcar glas con un colador o un tamiz (para el efecto "nevado") y decorar con la fruta. Servir en caliente ("rápido" es la palabra clave).

Cortar el primero por la mitad delante de los invitados, y dejar que la erupción de chocolate deliciosamente fundido que brotará del pastel haga su efecto. Nunca habréis hecho pecar tanto con la ropa puesta y tan poco trabajo.

(Nota: Para una variante más navideña, podéis perfumar el chocolate con un poco de canela, o de cardamomo, o incluso con unas gotas de esencia de menta... si servís los pasteles después de las ocho :-)


viernes, 2 de diciembre de 2011

Cadáveres, cakes de calabaza y otras macabras calamidades (parte 7): Fudge fatal de las hermanas Redpath

Cuando ya había llenado casi por completo el envase de plástico de arándanos y algunas moras tardías, escuché el ruido, familiar para una urbanita, de maquinaria pesada.  Nathan levantó bruscamente la cabeza en dirección al sonido, lanzó al suelo las tijeras de podar que estaba utilizando para cortar las ramas más grandes que cegaban el camino, y salió disparado como una flecha. La actitud cambiante y extraña del jardinero normalmente me habría provocado cierta prevención, pero al verlo coger el azadón sin prácticamente ralentizar el paso, con un aire decidido y ceñudo, la inquietud y la curiosidad me pudieron. Dejé el recipiente en el suelo y lo seguí al paso más rápido que me permitían las piernas.

Seguimos el sendero que marcaba el linde de la propiedad del profesor Lesage con la de su vecino. El sendero ascendía suavemente, y el ruido se hacía más fuerte a medida que avanzábamos. Sonaba como una excavadora. Nathan murmuraba algo ininteligible entre dientes, con un tono claramente furioso. Distinguí alguna sílaba suelta, que me permitió identificar lo que estaba mascullando como una retahíla de injurias. Algunas, las más sonoras, me eran totalmente desconocidas. Tomé nota mentalmente de preguntarle a Monsieur M. su significado. El profesor no era la persona adecuada para ese tipo de investigación lingüística.   

Llegamos a un claro en el que estaba trabajando una excavadora, observada con atención por dos hombres que se mantenían a distancia segura: el más joven tenía unos sesenta años y gozaba de una evidente buena forma f­isica. Tan sólo un atisbo de barriga delataba una afición por la buena mesa. Llevaba el pelo, aún abundante, más bien largo y repeinado hacia atrás cuidadosamente, poniendo de relieve la diferencia de color entre las sienes, gris acero, y el centro del tupé, de un moreno casi negro. La barba, bastante tupida, mostraba las mismas diferencias de color. Una boca casi exageradamente carnosa y de gesto cruel con marcada tendencia a la sensualidad. Las gafas, sobre la nariz aquilina, eran de montura de pasta negra, de un diseño reciente y probablemente caro. Su ropa (un jersey negro de cuello alto y una chaqueta deportiva) aunque informal, revelaba la vida profesional pasada de este hombre, hoy probablemente jubilado: era un abogado o un médico. "El doctor Bergeron, supongo", pensé, a juzgar por la mirada de franco odio que le estaba dirigiendo Nathan, las manos apretando el azadón con una fuerza que hacía que los nudillos le palidecieran.

Bergeron, ajeno a la furia de mi acompañante, estaba enfrascado en una conversación con otro hombre mucho más mayor y mucho más alto: claramente en los ochenta y bastantes, con el pelo ralo y muy corto, casi rapado, de un blanco ceniza amarillento, un cuerpo casi filiforme, flaco, apenas encorvado a pesar de su edad, del que colgaba informe la ropa, los pómulos sobresalían de forma aguda de su rostro descarnado. El anciano tenía la tez muy pálida y salpicada de manchas de vejez, la boca curiosamente ancha y de labios finos, los ojos de un azul glacial, rematados con pestañas y coronados de cejas de la misma palidez albina que el escaso pelo que le quedaba. No daba la impresión de ser uno de esos dulces abuelitos que dan conversación a los desconocidos en las paradas de autobús. El hombre alto señalaba con determinación la zona en la que estaba trabajando la excavadora. Bergeron (ahora estaba segura de que era él, uno de los numerosos insultos que aún escupía Nathan entre dientes llevaba su nombre) le escuchaba, concentrado, y de vez en cuando parecía hacerle una pregunta.

Ninguno de los dos parecía habernos visto venir, y oírnos era imposible estando tan cerca de la máquina. Cuando empezaba a preocuparme sobre lo que tendría que hacer si estallaba una pelea, afortunadamente Nathan pareció perder una parte de su impulso. Mi movimiento instintivo de agarrarle el antebrazo para pararlo frenó por sí mismo, y sin darme cuenta me quedé con una mano apoyada en el brazo en el que llevaba el azadón, brazo que bajó un poco, hasta apoyar la herramienta en la tierra. Me di cuenta de la razón. Bergeron nos había visto. Alzó la mano enguantada con un elegante guante de cuero negro, haciendo señas al conductor de la excavadora de que parara. En el silencio que siguió nos echó una mirada fría, desprovista de curiosidad y casi totalmente de expresión. El único vestigio de emoción que parecía dejar traslucir era un ligero desagrado, como si le hubiera llegado un relente de algo que huele mal. Nadie se saludó, ni hizo ningún movimiento para acercarse al territorio del otro. Viva la buena vecindad, pensé. Casi seguro que estos dos no se llevan cookies a la puerta de casa. El viejo espantapájaros (no era un calificativo muy amable, pero era en lo que me hacía pensar) se limitó a contemplar la escena, vagamente indiferente. A mí me hubiera gustado poder tomar esa distancia, pero no podía evitar sentir que si retiraba la mano del brazo de Nathan, a la mínima provocación se lanzaría contra el vecino a alegres golpes de azada. Su madre no necesitaba un hijo en la cárcel. Le agarré la muñeca con cierta firmeza, pero él no pareció darse cuenta de mi presencia.

Nathan rompió el silencio, con un ligero quiebro de voz que delataba una cierta inseguridad ante la frialdad del hombre frente a él, e increpó: -"¡EY! ¡Bergeron! ¿Qué demonios está haciendo? " Noté la marcada ausencia del monsieur de rigor en esas situaciones. Bergeron también la notó, y su expresión se endureció.

-"Lo que esté haciendo en ningún caso es asunto tuyo, chaval."

-"Lo es, si está excavando en la tierra del profesor Lesage."

-"Si en lugar de meter las narices en asuntos ajenos te dedicaras a trabajar, probablemente sabrías que la tierra de Lesage se termina aquí. Esta parte del terreno es mía. Estoy excavando para hacer un estanque artificial. Todo ello siguiendo los sabios consejos de Fritz, experto paisajista retirado, que ha accedido amablemente a hacer una excepción y trabajar para mí en este proyecto." Hizo un ademán señalando al anciano. -"A diferencia de tí, Fritz tiene una gran experiencia y habilidad en el diseño de jardines. El músculo se puede pagar barato, pero el cerebro es lo que cuenta. Hala, sigue limpiando estiércol de caballo y déjanos concentrarnos." Y sin dedicarnos ni una mirada más, nos despidió de un gesto altanero. Estaba claro que Nathan tenía que mejorar sus dotes de relaciones públicas, pero el doctor Bergeron no me inspiró lo que se dice una simpatía instantánea. Yo tampoco correría a llevarle muffins.

Tiré suavemente del brazo de Nathan, dando la vuelta. Volvimos a los arbustos de arándanos lentamente, Nathan encerrado en sus pensamientos y aún visiblemente enfadado, yo en un respetuoso silencio. Recogí el recipiente del suelo. Alcé la vista y lo miré a la cara, intentando leer su expresión. Él se dio cuenta y esbozó una tentativa de sonrisa. -"Lo siento." Se disculpó. -"Ese hombre me ataca los nervios. Es una historia muy larga. Y muy poco interesante para tí." Cuando hice ademán de objetar, me cortó: -"La noche está empezando a caer. Es mejor que no andes por el bosque con alguien tan irascible y poco recomendable como yo." Me di cuenta de que para él era todo un esfuerzo bromear, algo que no contribuyó a borrar el tinte inquietante de la broma. Me estremecí ligeramente, incómoda.

-"Empiezo a tener frío. Vamos, si no queremos que los arándanos terminen congelados", dije.

Nathan intentó seguir bromeando durante el camino, y cuando empezó a contarme anécdotas sobre el profesor Lesage consiguió que el incidente del claro empezara a quedar lejano. -"Es un hombre excepcional", dijo, con visible afecto. -"Y se ha portado muy bien conmigo. Aunque en un principio lo detesté."

-"¿Ah, sí?" Probé, con ligereza deliberada.

-"A-já." Asintió Nathan, mostrándome su espléndido perfil mirando hacia la casa, que ya se podía ver entre el arbolado y que parecía gris a causa del crepúsculo. La luz índigo empezaba a teñir el bosque conlindante de tonos monocromos. -"Lo conocí cuando vine a pedirle que me sirviera de aval para una beca que era mi última esperanza de terminar medicina. Me dijo -muy educadamente, es un caballero ante todo- que aunque le hubiera gustado de verdad ayudarme, no podía avalarme sin cargo de conciencia, ya que nunca había sido mi profesor ni había trabajado para él, que no me conocía en absoluto en el plano académico. Ya sabes cómo es."

-"Sí", respondí, seria, -"para él la integridad académica es sagrada. No me sorprende su respuesta. No habría avalado ni a su mejor amigo."

-"Cuando se lo pedí era mi último recurso, sabía que cualquier profesor decente tendría serias objeciones. De todas maneras, poco después mi madre se, eh, puso peor y tuvo que dejar el hospital y volverse a la casa familiar. Y él profesor nos ha echado una mano: podría haber contratado a un jardinero de verdad, y en lugar de eso me contrató a mí."  Sonrisa de medio lado.

La duda momentánea de su frase no se me había pasado por alto. Imaginé varias cosas, entre ellas que su madre estaba internada en un hospital psiquiátrico. A menudo es motivo de vergüenza. -"Uhm, si tu madre empeoró, ¿fue buena idea que dejara el hospital?"

Nathan me miró un momento, sin entender. Habíamos llegado al porche trasero y nos acercábamos a la puerta de la cocina.

-"¡Ah! ¡Ya entiendo! ¡No! Mi madre no estaba en un hospital como paciente, ella es enfermera. Llevo la profesión médica en la sangre." La sonrisa con la que dijo esto último de repente se le quedó como helada en el rostro. Cansada, aterida por la humedad y sin energía para soportar otro viaje en la montaña rusa emocional de mi nuevo y guapo amigo, le toqué suavemente el brazo para sacarlo de su ensimismamiento. Nathan enfocó de nuevo la mirada en mi cara.

-"He tenido un día muy largo. Y mañana tengo que seguir provocando el caos en la biblioteca de ese cher professeur", dije.

Él sonrió. Es increíble lo radiante que puede ser una cara de facciones regulares, cuando tiene la tez apropiada y el grado justo de dureza mezclada con vulnerabilidad. Suspiro mental. Tengo que intentar de nuevo llamar a Monsieur M. Tengo un marido. Lejos, e incomunicado, pero un marido. Guapo, grande, fuerte y que se ocupa de la plancha. Zen, y sin cambios de humor bruscos.

-"Pero si trabajas mañana, pásate al final de la jornada, a eso de las cuatro, te prometo un té con muffins", añadí, dando unos cuantos guantazos mentales a mi conciencia.

-"Ah, sí, los famosos muffins de maíz. Ardo en deseos de probarlos", dijo, juguetón, mirándome a los ojos, casi al mismo nivel que los suyos porque yo ya había subido tres escalones del porche y él aún estaba en la hierba. Sostuve su mirada y la proximidad de su cara me produjo un ligero vértigo. -"Estoy contento de haberte conocido. En este pueblo no tenemos muchas oportunidades de conocer a gente nueva, sobre todo gente nueva interesante y simpática." Sonrisa encantadora. Sin aliento, no respondí. Nathan se inclinó y me besó la mejilla dulcemente, un beso muy suave y ligero, como el roce de una pluma. Después se volvió, con las herramientas aún en la mano, y se dirigió al granero. Me quedé mirándolo alejarse con ojos vidriosos mientras la mejilla me ardía. Exhalando un enorme suspiro, entré en la cocina tropezando con el rodapié de la puerta y deposité el recipiente de bayas encima de la mesa. Sentadas en torno a ella estaban dos mujeres desconocidas y de aspecto peculiar, mirándome con atención.

La más bajita y regordeta dijo, con expresión comprensiva: -"Así que has conocido al adonis local, ¿eh?"

La otra, alta y larguirucha, me alargó un plato sin mucha ceremonia y espetó: -"Come un poco de fudge. Necesitas azúcar."

Éste parecía ser mi día de encuentros. Nathan, el doctor Bergeron y ahora las hermanas Redpath. No podía tratarse de nadie más. Aún un poco deslumbrada, me senté a la mesa sin decir nada y me metí un pedazo de fudge en la boca.

(CONTINUARÁ... DESPUÉS DE LAS VACACIONES DE NAVIDAD)

El sucre à la crème o maple fudge para los quebequeses anglófonos es el postre quebequés por excelencia. A la vez simple y complejo, es el típico dulce que las abuelas de Quebec preparan con amor y regalan en Navidad. Es una especie de toffee, pero no el pegajoso succionador de empastes que conocemos en España, sino un dulce aterciopelado y cremoso, con matices sorprendentemente complejos para algo elaborado con tan pocos ingredientes.  Y muy... dulce. Básicamente es un caramelo a punto de bola flojo, al que se le añaden la nata y un aroma. Aprender a prepararlo me costó infinitas tentativas fallidas (obtenía como resultado un caramelo semilíquido que, si bien estaba delicioso como salsa para acompañar frutas y helado, no tenía la textura sólida deseada) hasta que finalmente me senté con un libro de química repostera y comprendí que cuando se trabaja con azúcar, es necesario un termómetro para confitería, y seguir las instrucciones de la receta como si fueran un evangelio. Os aconsejo que os hagáis con uno (un termómetro, no un evangelio): son baratos y hacen que cocinar la mayor parte de fudges y caramelos sea un juego de niños.

FUDGE FATAL DE LAS HERMANAS REDPATH
(SUCRE À LA CRÈME TRADICIONAL DE QUÉBEC)

Para unos 50 cubos. (Cortadlos más bien pequeños, el dulzor extremo ¡y delicioso! de este postre no empalaga si se toma en dosis homeopáticas.)

INGREDIENTES
  • 1 taza (250 ml.) de nata líquida de 35% de materia grasa.
  • 1 taza (250 ml.) de azúcar blanco
  • 1 taza y 1/2 (375 ml.) de azúcar moreno
  • 1 buena pizca de sal
  • 1 cucharada de té (5 ml.) de extracto de vainilla natural (o de arce, para los que viven cerquita y que quieran hacer la versión patriótica)
  • Nueces (opcional)

ELABORACIÓN

Cubrir un molde cuadrado (de brownies) de unos 20 cm. de lado (una fuente de pyrex puede servir) con dos tiras cruzadas de papel pergamino para hornear, que cubran el molde y sobresalgan un poco por los lados. Enmantequillar a conciencia.

En un cazo, poner a hervir la nata, el azúcar, el azúcar moreno y la sal, revolviendo bien hasta disolver el azúcar por completo (el azúcar se habrá disuelto cuando ya no sintáis esa textura granulosa rascar contra el fondo del cazo). De vez en cuando, limpiar las paredes del cazo de restos de azúcar cristalizado con una brocha o un trapo mojado. Una vez el azúcar disuelto, cuando la mezcla haya empezado a borbotear, meter un termómetro de confitería en el centro del cazo (para fijarlo, poned un cucharón o espátula de través, y atad el termómetro con cordel de cocina o cinta adhesiva), y dejar hervir a fuego medio-bajo sin remover, hasta que el termómetro indique 114ºC (116º si preferís un resultado más consistente). Retirar del fuego y añadir el extracto de vainilla (si lo añadís durante la cocción, perdería todo su aroma).

Meter el cazo -con termómetro y todo- en el fregadero lleno de agua fría (no muy lleno, para que el agua no entre en el caramelo), y deja que se enfríe, sin remover, vigilando el termómetro hasta que la temperatura haya bajado y marque entre 43º y 50º (una media hora de espera).

Sacar el cazo del agua. Ahora empieza la única parte de la receta en la que hay que trabajar un poco. Con una cuchara de madera, remover vigorosamente (depende de vuestros músculos, cuando el caramelo empiece a cobrar consistencia quizá necesitéis relevo). La manera de saber que el fudge está listo es cuando la mezcla haya perdido el brillo y se vuelva mate y espesa pero aún sea flexible. Entre 5 y 10 minutos, más o menos, con brazos gráciles y femeninos. 4 minutos con brazacos de Monsieur M.

En esta fase hay que darse prisa, o el fudge va a "fraguaros" en el cazo y la váis a liar: verter con arte en el molde previamente enmantequillado, y alisar artísticamente con una espátula de silicona. Cubrir de papel de pergamino y alisar de nuevo. Dejar enfriar una hora a temperatura ambiente y después meter en el frigorífico. Cuando haya solidificado (el resultado no es duro como un caramelo clásico, recordad, es un toffee) retirar con cuidado el papel que lo cubre y corta en cuadraditos de unos dos centímetros y medio.

Conservar en un recipiente hermético. Este dulce delicioso y suave se congela muy bien, podéis prepararlo con antelación para regalar en Navidad. No me enviéis las facturas del dentista.

(Si queréis hacer la versión con nueces, picarlas, tostarlas un poco previamente en una sartén y añadirlas justo antes de poneros a remover.)

sábado, 12 de febrero de 2011

Especial San Valentín: Pastel de chocolate especiado.

"El matrimonio es la principal causa de divorcio" - Groucho Marx

"No hay nada en el mundo como la devoción de una mujer casada. Es algo de lo que ningún hombre casado tiene la menor idea." - Oscar Wilde


"El camino más rápido para llegar al corazón de un hombre es a través de su tórax." - Roseanne Barr


"Hace tanto tiempo que no practico el sexo que ya no recuerdo quién ata a quién." - Joan Rivers

"He vendido las memorias de mi vida sexual a un editor. Van a hacer un juego de mesa con ellas." - Woody Allen

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(Créeme, mamá. Es mejor que no leas esto.)


-"Si veo otro globo / oso de peluche / tarjeta / cojín / caja de bombones / molde de tarta / sartén para pancakes rojo-rosa en forma de corazón, me suicido. Mira, justamente ahí hay un McDonald's y empieza a ser hora de comer algo. Hablando de suicidio..." Gruñe monsieur M., arrastrando sus enormes y cansados pies por el centro comercial más monstruosamente descomunal de la provincia de Quebec.

Para que monsieur M., que es un tipo bastante colosal, zen, que ha eliminado el apego, da clases de tai chi y que antes de vivir conmigo ha compartido su vida con una ultravegetariana, proponga comer en un McDonald's, tiene que ser porque está a punto de derrumbarse. Igual esta mañana he forzado un poco las cosas.

Aprovechando un inesperado ataque de pasividad y obediencia, he empezado el día (un encantador trece de febrero) arrastrándolo al Museo de Arte Contemporáneo de Montreal.  Normalmente monsieur M. no suele oponer mayor resistencia a las salidas culturales, si exceptuamos exposiciones como la de hoy, que mostraba una máquina de producción de excrementos que ha inventado un tal Delvoye, artista conceptual de profesión. Esta lumbrera del arte, esta luz que nos guía en esta era de oscuridad creativa, ha conseguido construir una máquina a la que se le introduce comida en un extremo, y mediante un proceso que simula la digestión, transforma los alimentos en... materia fecal. Que expulsa por el extremo opuesto, para mayor regocijo de los visitantes del museo. Estupendo. Tengo que decir en mi defensa que antes de salir de casa no había mirado el programa de exposiciones en el sitio web del museo. 

A pesar de haber estudiado Bellas Artes, admito sin ningún tapujo que siempre he sido bastante reaccionaria en lo tocante al arte contemporáneo y actual. El videoarte y los happenings me irritaban sobremanera hace ya veinte años. Siempre he mantenido la impresión (muy impopular cuando uno estudia arte en los noventa) que desde Duchamp todo el arte conceptual ha sido mayormente una mierda.  Pero que los "artistas" actuales produzcan (¡y vendan!) mierda acompañada de un catálogo de trescientas páginas me parece tan surrealista que raya en lo admirable. El ver a la élite intelectual montrealesa esperando ansiosamente a que la máquina se cague en el museo también tiene su gracia, especialmente cuando yo lo he hecho verbalmente en docenas de visitas y nadie parecía demasiado interesado. Voy a hacer el chiste inevitable, el que docenas de críticos habrán hecho ya, pero me da igual: al menos el autor no disimula, no intenta dar gato por liebre o instalación audiovisual por obra de arte. Produce mierda y vende mierda. Y la gente la compra. Envasada al vacío, eso sí.

Mil perdones por estos párrafos escatológicos, que me parecen indispensables para haceros entender la progresión lógica de eventos del día que os estoy relatando. Para los románticos que se inquietan de cómo demonios voy a hacer para mantener dicha progresión en la que llevo mi historia de la mierda al amor y al sexo, y de ahí a una receta de pastel de chocolate, no os inquietéis: soy perfectamente capaz. Sin ni siquiera entrar en perversiones coprófilas.  

A partir de esta edificante visita a ese templo de la cultura que es el museo, todo ha ido un poco cuesta abajo. Como decía al principio, igual es que yo fuerzo un poco. Como no sé cuándo conseguiré de nuevo meter en una tienda a mi homérico hombretón, refractario al consumo, aprovecho su estado de shock a la salida del museo para embutirlo en el coche, llevarlo al centro comercial y empujarlo dentro de una zapatería.  No me importa comprarle la ropa (es como jugar con un Ken king-size), pero lo de comprar zapatos sin que la víctima esté presente siempre me ha parecido difícil. Tampoco es que cuando esté de cuerpo presente sea mucho más fácil. Especialmente cuando la víctima es una especie de cowboy nórdico de cien kilos (casi todos ellos situados en el torso) que no se presta a ello con la pasividad deseada.

Tres zapaterías, dos tiendas de ropa de caballero, una tienda de deportes y una exposición de mierda contemporánea  más tarde, monsieur M. se me ha amotinado. Con razón. La verdad, yo también empiezo a estar bastante harta del centro comercial. Y ahí es cuando me lanza la sugerencia de suicidarnos con unas hamburguesas y patatas fritas rebosantes de grasas saturadas. Cuando se me pasa por la cabeza que a la máquina del museo le dan de comer algunos de los mejores restaurantes de Montreal, vamos, que hoy va a comer mejor que nosotros, me sublevo, alegando que a pesar de la exposición que hemos visto, no estamos obligados a comer mierda. El argumento parece convencerle.

Mientras intentamos encontrar un restaurante que no sirva nada precongelado y frito preparado por un adolescente acneico (algo difícil en un centro comercial), pasamos delante de un sex shop. Me llama la atención inmediatamente, porque no tiene ese aspecto sórdido de los sex shop del centro, éste está iluminado con lamparitas de brocado, los colores de las paredes son muy convenientes, como de boudoir francés del dieciocho, se escucha una musiquilla hindú y huele a perfume de sándalo. Vamos, una tienda en la que entraría una mujer sola. Tiro del brazo de monsieur M. (algo puramente simbólico, dudo mucho de que pudiera moverlo contra su voluntad), y entramos en la tienda.

-"Wow. Chic." Digo, admirativa.

- "Mmh. Qué demonios, si sirvieran curry, comería aquí." Dice monsieur M., echando un vistazo a su alrededor. -"Mi hermana no vive lejos, creo que éste es el centro al que viene a comprar. No sé si habrá visto esta tienda." Lo piensa mejor. -" Ni quiero saberlo."

Adentrándome entre las bien surtidas estanterías, le digo: -"Aquí lo tienes. El antídoto perfecto a San Valentín. Todos los artículos rosas que se venden en esta tienda tienen forma de pene." Levantando un paquete de pasta de trigo duro en forma de pequeños falos, añado, pensativa: -"A Santa Madre le encantaría."

Monsieur M. suspira: -"¿Dónde quedó el romanticismo?" Y da vueltas con cautela a un, uhm, juguete de color rosa transparente con brillantina, tres cabezas (una de ellas con una luz intermitente) y una entrada para enchufar el Ipod y hacerlo funcionar al ritmo de tu melodía preferida. Me dirige una mirada interrogativa. Le explico lo del Ipod. Levanta las cejas tanto que casi le emigran a la nuca. Le digo que puede utilizarse escuchando, pongamos "Ne me quitte pas", de Brel. O "Emmenez-moi" de Aznavour, si se precisa algo más rapidillo. Pero no parece convencido.

Monsieur M., que me lleva los años suficientes como para pertenecer a otra generación, fue un jovenzuelo en una época en la que las veinteañeras que le hacían suspirar quemaban los sostenes, se perfumaban con una mezcla de pachuli y marihuana y se negaban a depilarse. De todas maneras, estaban todos tan colocados que no creo que nadie notara el vello superfluo. Él viene de esa época en la que aún se seducía a una mujer  sacándola a bailar Sinatra y comprándole flores, no vibradores de tres cabezas, todas ellas giratorias.

-"A veces me pregunto para qué demonios necesitáis aún a los hombres." Deja el juguete en su sitio y sigue andando por el pasillo.

-"Para cambiar enchufes y grifos que gotean. Instalar el pladur y la tarima flotante." Respondo con naturalidad. Sigo mirando artículos aquí y allá.

-"No, pero, en serio: ¿las mujeres de verdad necesitan todo esto para, ehm, estimularse?"

-"La cuesta del monte de Venus es empinada." Bromeo. -""Necesitar", lo que se dice "necesitar", no. Es como preguntar si una mujer realmente necesita más zapatos que los diez pares que ya tiene en el armario." Me encojo de hombros.

-"Vaya. Lencería." Monsieur M. sostiene con dos dedos una, euh, ¿prenda? ¿cordón para zapatos? Dado su tamaño, uno de los dedos es totalmente innecesario. Me mira. Mira el escasísimo pedazo de encaje fluorescente. -"Muy apropiada para una señora."

Lo de "señora" es un golpe bajo. Monsieur M. sabe que odio ser calificada de tal. De hecho, aborrezco el término tanto como la institución del matrimonio. El que termináramos viviendo felizmente casados en lugar de vivir felizmente en pecado como hacen la mayor parte de los quebequeses decentes fue un "accidente". Me tendió una trampa. Quise quedarme a vivir con él en este país, y hacía tanto frío que terminé casándome. Después descubrí que existían la calefacción superpotente, la ropa interior larga y el contrato civil de pareja de hecho, pero ya era demasiado tarde.

-"Una señora es una mujer que jamás enseña su ropa interior sin querer." Afirmo, muy digna. -"El amarillo fluorescente no va bien con mi tono de piel."

-"Hay tantas... cosas. Ni siquiera sé para qué sirven la mitad de entre ellas." Prosigue el paseo, señalando las cajas en los estantes, un poco asombrado.

-"No me preguntes, no sé nada sobre sexo. Estoy casada."

-"Ja. Ja. Venga. No seas así. El sexo entre un hombre y una mujer casados puede ser maravilloso."

-"¿Casados con otras personas, quieres decir?" Echo una risilla. Hace ademán de darme un puñetazo en el hombro.

-"¿No estás de acuerdo?"

-"No sé, nuestra cama es pequeña. No sé cómo conseguiríamos meternos los dos entre el hombre y la mujer casados. Especialmente tú. No eres lo que se dice menudo, cher."


Monsieur M. masculla algo poco amable sobre mi generación. Se para ante un adminículo cuya función parece ser la de agrandar un orificio corporal cuyo tamaño original nunca fue muy grande, y parece ser la gota que desborda el vaso. U otra cosa. El pobre. Quizá el tema del día ha sido demasiado anal para su gusto. Lo entiendo.

-"Llámame anticuado, estoy de acuerdo con que la gente sea libre para realizar cualquier práctica sexual que desee en privado, pero creo que deberían marcarse ciertos límites."


-"¿Por ejemplo?"

-"Pues... no sé. Las cabras. Especialmente sin su consentimiento. Y los juguetes sexuales más grandes que una cabra. ¿Nos vamos?"

-"La cabra como unidad de medida sexual." Digo, con aire meditabundo. -"Interesante." Súbitamente soy consciente de mi estómago vacío. -"Podríamos ir a comer."


Cuando nos dirigimos a la salida de la tienda, en el mismo pasillo nos topamos de cara con mi cuñada, Flaming-Hot-Sister, que mantiene estirados entre dos dedos regordetes lo que parece ser un tanga. Con aberturas. Muchas aberturas. Monsieur M., que va delante, frena en seco y me doy de narices con sus espaldas. Cuando me inclino para ver lo que pasa, lo veo mirando de hito en hito el tanga y la rojísima cara de su hermana, horripilado.

-"Demasiada información. De verdad." Dice, lleno de horror, cuando hemos conseguido terminar la conversación más forzada de la historia y salir al fin de la tienda. -"Se me ha quitado hasta el hambre."

-"No te preocupes." Le voy dando palmaditas en la espalda. -"He hecho un pastel de chocolate especiado y cerezas bastante espectacular. Relleno de mousse de chocolate y canela. Y NO es en forma de corazón. Me ha sobrado un bol entero de mousse, por cierto." Le doy un codazo un poco picarón.

-"Lo has hecho en forma de pene, estoy seguro. Porque hay moldes de tarta en forma de pene, que acabo de verlos."

-"Nooo, es redondo. Camina, Venga." Salimos hacia el aparcamiento.

-"La mousse la quiero vía oral, ¿eh? Que yo ya estoy muy mayor para estas cosas."

-"Síí, pesado. No vuelvo a ir de compras contigo. Ni al museo. Eres demasiado impresionable."

-"Odio San Valentín. No por nada San Patricio viene justo detrás: se necesita mucha Guinness para poder olvidar todo esto. Qué fiesta de mierda."



PASTEL DE CHOCOLATE ESPECIADO Y CEREZAS CON MOUSSE DE CHOCOLATE Y CANELA Y COBERTURA DE CHOCOLATE AL TÉ CHAI. 
(PARA SAN VALENTÍN. O LO QUE QUERÁIS.)
Esta vez la receta no es mía, es de Epicurious, con alguna modificación.

INGREDIENTES DE LOS DOS BIZCOCHOS:
(Para cada uno de ellos, así que tendréis que doblar la receta. Os aconsejo hacer los bizcochos un día antes y conservarlos tapados. Hacer todo el mismo día es un trabajazo.)
  • 4 cucharadas soperas de mantequilla sin sal, fundida
  • 1/3 de taza de harina
  • 1/3 de taza de cacao en polvo, puro 100%, sin azúcar
  •  1/4 de cucharada de té de sal
  • 4 huevos a temperatura ambiente
  • 3/4 de taza de azúcar

INGREDIENTES DEL RELLENO:
  • 1 taza (1 bote) de una buena mermelada de cerezas (yo utilicé Bonne Maman)
  • 2 cucharadas soperas de kirsch

      MOUSSE:
  • 1 taza de nata líquida para montar (mínimo 35% de materia grasa)
  • 4 bastones de canela, partidos por la mitad
  • 115 gr. (o 4 cuadrados de Baker's semidulce) de chocolate con leche (mejor de repostería) con un buen porcentaje de cacao, ralllado con un cuchillo

INGREDIENTES DE LA COBERTURA O GANACHE:
  • 225 gr. (o 8 cuadrados de Baker's semidulce) picado groseramente en trozos
  • 1 taza y 1/4 de nata líquida de 35% de materia grasa
  • 2 cucharadas de té colmadas de té chai o de té ahumado Lapsang Souchong (al gusto)
  • Cerezas para la decoración
  • Glasa real coloreada de rojo (opcional)
  • Corazones de canela (para los que viven a este lado del charco), o cualquier caramelo en forma de corazón... si no aborrecéis San Valentín

ELABORACIÓN DE LOS BIZCOCHOS DE CHOCOLATE:

Un día antes del montaje del pastel:

Precalentar el horno a 205º. Enmantequillar y posteriormente enharinar dos moldes redondos de bizcocho. Reservar.

Poner agua a hervir en un cazo. Tamizar la harina, el cacao y  la sal en un bol. En otro bol aparte, batir los huevos y el azúcar. Poner este último bol encima del agua hirviendo (no debe tocar el fondo del cazo, de lo contrario los huevos comenzarán a cuajarse). Remover hasta que el azúcar se haya disuelto por completo (si la mezcla se calienta demasiado, retirarla del baño maría). Fundir la mantequilla en una taza aparte y reservar. Con el accesorio de varillas del batidor (o a mano) batir los huevos y el azúcar hasta que la mezcla se vuelva cremosa y espese, aumentando de volumen.

Con una espátula de silicona y mucho cuidado, mezclar la mitad de los ingredientes secos (la harina y el cacao). Es muy importante hacerlo con delicadeza y rapidez al mismo tiempo: al no llevar levadura, cuanto más baje el volumen de los huevos más densos y pesados serán los bizcochos. Mezclar la otra mitad de los ingredientes secos. Mezclar suavemente la mantequilla fundida con el resto de la masa. Dividir la masa entre los dos moldes (os parecerá poca cantidad, pero con el relleno y la cobertura el pastel será de un espesor considerable).

Hornear los bizcochos unos veinte minutos, o hasta que pinchéis el centro con un palillo y salga limpio. Estos bizcochos no subirán como los que estáis acostumbrados a hacer, ya que no llevan levadura. Dejar enfriar por completo. Desmoldar encima de un papel de aluminio o de un papel encerado, algo que facilite moverlos durante el montaje del pastel. Guardar bien cubiertos una vez fríos, si los hacéis con un día de antelación.

ELABORACIÓN DEL RELLENO DE MOUSSE DE CHOCOLATE Y CANELA Y CEREZAS AL KIRSCH:

Un día antes del montaje del pastel:

Poner la nata líquida y los bastones de canela a fuego medio-bajo en un cazo. Cuando empiece justo a hervir, retirar del fuego. Dejar enfriar. Tapar y conservar en el frigorífico hasta el día siguiente.

El día del montaje:

Meter el bol en el que vais a montar la nata en el congelador (si vivís en Quebec, con sacarlo al balcón un rato vale :-). Mezclar la mermelada de cerezas con el kirsch en un tazón. Untar los dos bizcochos con la mermelada. Si tenéis un molde de tarta desmontable (o un cartón redondo que hayáis fabricado para la ocasión), deslizar la base bajo uno de los bizcochos. Servirá para darlo la vuelta sin hacer un estropicio. Si sois hábiles, con dos espátulas y mucha decisión también es posible hacerlo.

Fundir el chocolate al microondas o al baño maría. Dejar que se enfríe hasta que esté tibio (si se enfría por completo no se mezclará bien con la nata). Colar la nata para retirar los bastones de canela y montarla hasta que esté bastante firme (probad a hacer una punta con una cuchara, si se mantiene de pie está lista). Mezclar con rapidez y mucho cuidado el chocolate y la nata montada.

Inmediatamente (la mousse se funde a toda castaña) extender la mousse sobre uno de los dos bizcochos con una cuchara, dejando unos tres centímetros de contorno sin cubrir (el factor aplastamiento :-). Dar la vuelta al otro bizcocho con gran garbo y salero e intentar que aterrice encima de la base cubierta de mousse. Eliminar el exceso de todo lo que chorree por los lados del bizcocho (mermelada, mousse): es buen momento para comprobar lo buenísima que está la mousse. Meter en el frigo (residentes en Canadá y otros países igual de glaciales: no lo dejéis fuera, si la nata de la mousse se congela, la textura se echará a perder). Limpiar todas las salpicaduras de mermelada que habéis producido al dar la vuelta al segundo bizcocho.

ELABORACIÓN DE LA COBERTURA (GANACHE) DE CHOCOLATE AL TÉ CHAI : 

Echar el chocolate picado en un bol. Mezclar la nata líquida y el té en un cazo a fuego medio. Remover de vez en cuando hasta que empiece a hervir. Retirar del fuego y dejar infusar como mínimo cinco minutos, más si se desea que el sabor del té esté más presente. Colar la nata y volver a ponerla al fuego hasta que empiece de nuevo a hervir. Verterla inmediatamente sobre el chocolate y remover hasta que éste se haya fundido por completo y la mezcla esté lisa y brillante. Dejar reposar sin moverlo (importante) hasta que espese con una consistencia como de miel (alrededor de un cuarto de hora), pero que aún sea posible verterlo con un cazo.
Bañar el pastel (colocadlo encima de una rejilla si queréis evitar un charco enorme de chocolate alrededor de vuestra obra de arte): verter un cazo de ganache y extender con una espátula. Cuando terminéis, meterlo en el frigorífico hasta que la cobertura se endurezca (entre media hora y cuarenta y cinco minutos, tiempo suficiente para preparar la glasa si no estáis muertos de cansancio a estas alturas... por eso os decía lo de hacerlo en dos días).
Si queréis decorar el pastel con muchas filigranas o escribir un mensaje de amourrrr, os recomiendo que tracéis primero el dibujo con un palillo, os será más fácil seguir la línea sin estresaros  y sin que os den calambres.
Este pastel es un verdadero acto de amor: hacerlo es bastante trabajo, pero el resultado, la mezcla de texturas (la densa del bizcocho con la más ligera de la mousse... los pedazos de cereza que añaden un toque interesante...), de chocolates (con sabor a canela en la mousse, con claro sabor a especias chai, cardamomo, canela, anís... en la ganache) hará feliz a cualquier mujer. Y hombre.
Si vuestra pareja no se prueba la lencería picarona después de este postre, lo vuestro no tiene remedio. Vale, igual le queda un poco justa... razón de más para quitársela rápidamente, no sea que se le corte la circulación.


* (Otras recetas de pasteles de chocolate que pueden interesaros:
"Wake-up-and-smell-the-coffee Dark Chocolate Cake" y pastel sexy de Tía María. Si con esto no ligáis, no sé qué más puedo hacer por vosotros.)

miércoles, 19 de mayo de 2010

Fudge afrodisiaco de chocolate-chai

Así que tras años de feliz vida en pareja la monotonía os ha atrapado. Cuando las cosas se ponen un poco picantes, tú ya no te quitas los calcetines con los que te vas a la cama -porque tienes los pies como témpanos muertos-, justificándote a tí misma : -"Total, si no se entera, vamos, que tampoco es como si me acariciara los pies", la depilación brilla por su ausencia durante los meses invernales ("así voy más abrigadita"), los pijamas de franela con ositos han remplazado los delicados camisones de satén y, en general, te pones más mona para ir a la oficina que para seducir a tu hombre.

Por su parte, la cosa tampoco reluce: se afeita sólo los días impares ("antes se quejaba de que la barba la irrita, pero ahora, como no la irrite para dormir..."), lo has sorprendido echando una ojeada furtiva a la tele por encima de tu hombro mientras te sentabas en su regazo para besuquearlo, y si quieres romanticismo, te vas a buscarlo a la biblioteca o al cine, porque lo que es él, tendría que buscar la palabra en el diccionario para recordar lo que significa. La última vez que te regaló unas rosas fue para disculparse por haberte abollado el parachoques.

La excusa del cansancio contribuye a la falta de acción en el dormitorio, en el que ya no hay mucho hanky panky, como diría cualquier abuela anglosajona. Admitámoslo : necesitáis especiaros un poco la vida, chicos y chicas. Como es el caso de muchas parejas estables en alguna etapa de su vida en común, vuestra vida sexual no necesita que la despierten: necesita un desfibrilador.

Nada tan resucitador de pasiones como este fudge aromatizado con té masala chai, un fudge cremoso e intensamente chocolateado, deliciosamente perfumado, dulce y picante a un tiempo. Funde fácilmente (sugiero). Sólo el nombre, "chocolate-chai", ya suena onomatopéyico, suena un poco a cheekah-cheekah-boum-boum, a cha-cha-cha bajo el edredón (que diría Magdalena Yoder). Acompañado de un clásico indio ilustrado, de lencería, velas y música apropiadas (lo del ambiente os lo dejo a vosotros, chicos), estoy segura de que cuando termine el fin de semana vais a necesitar dos quiroprácticos y un fisioterapeuta para separaros.


INGREDIENTES:

- 4 cucharadas soperas de mantequilla, más un poco para engrasar la fuente

- 3 tazas de azúcar

- 1 taza de cacao negro puro, en polvo

- 1 bolsa grande (350gr., aprox.) de pepitas de chocolate de la mejor calidad que podáis encontrar (yo utilicé Ghirardelli), negro, de preferencia. Aunque esto va a gustos.

- 1/2 taza de leche entera

- 1/2 cucharada de té de sal

- 1/2 cucharada de té de extracto natural de vainilla

- 1 bolsita o, aún mejor, dos cucharadas de té colmadas de té chai

PARA LA DECORACIÓN:

- Media taza de nueces o pistachos picados

- 2 cucharadas soperas de cacao negro en polvo

- 1 cucharada de té de jengibre molido

- 1 cucharada de té de canela molida

- 1 cucharada de té de anís estrellado en polvo, o una estrella entera

- 1 cucharada y 1/2 de té de cardamomo molido

- 1 cucharada de té de clavo molido

- 1/2 cucharada de té de pimienta negra molida


ELABORACIÓN:

En un cazo, calentar la leche hasta que hierva, vigilando que no se pegue. Sacar del fuego y echar el té chai. Dejar infusar la mezcla bien tapada.

Engrasar ligeramente un molde cuadrado (de los que se usan para los brownies, unos 20cm. x 20cm., o una fuente cuadrada de Pyrex). Reservar.

Meclar todos los ingredientes para la decoración (las especias, el cacao y al final, las nueces picadas) en un bol aparte. Reservar.

En otro cazo, a fuego medio, fundir la mantequilla, vertiendo sobre ella la leche aromatizada al té chai (pasarla por un colador, si habéis utilizado té suelto). Añadir el azúcar, el cacao, la sal y la vainilla, y mezclar bien hasta que todo esté incorporado y rompa a hervir. Hervir la mezcla unos cinco minutos, revolviendo continuamente.

Sacar del fuego y añadir rápidamente las pepitas de chocolate, revolviendo vigorosamente hasta que se hayan fundido por completo y la mezcla tenga un aspecto untuoso y sin grumos. Verter rápidamente (se solidifica bastante rápido) en el molde engrasado. Alisar la superficie con una espátula, asegurándose de que queda plana. Espolvorear por encima la mezcla de nueces y especias, de manera que cubran toda la superficie uniformemente, apretando muy ligeramente con las manos para que se adhiera al chocolate. Dejar enfriar completamente y después meter en la nevera unas dos o tres horas, tapado con plástico.

Una vez endurecido, cortar el fudge en cuadrados iguales con un cuchillo bien afilado. Es perfecto para regalar, si lo presentáis en moldes individuales, en una caja bonita. Como homenaje amoroso, de forma interesada, con la firme intención de que os lo paguen en... especias. Digo en especies.

jueves, 22 de abril de 2010

Post malvadamente pornoculinario: Galletas de chocolate blanco y nueces de macadamia (HEMC 43)

"I was on a diet for a month and I lost 30 days".
Mantequillosa... anuezada...

... y bastante decadente, como receta. Así es mi contribución al Hecho en mi cocina de este mes, el número 43, que tiene a las nueces como portagonistas. Hace tiempo publiqué otra receta con nueces de Pecán que os recomiendo probar. Esta vez he optado por las nueces de macadamia, porque estas nueces son bastante desconocidas en España y abundan en grasas cardiosaludables (nótese la palabra "abundan", con 840 escalofriantes calorías por 100 gr., estas nueces son auténticas bombas energéticas, estupendas para niños recalcitrantemente flacos o maratonianos anoréxicos).

No os dejéis engañar por la ligera palidez blanca y beige de las fotos: éste es uno de mis posts pornoculinarios, por lo calórico. Lo único ligero de estas cookies es el color. Y es que no siempre se puede ser buena. A veces, ser perversa, glotona y golosa es justo y necesario. Aunque para desalojar de las caderas las cinco cookies que me he zampado de golpe al sacarlas del horno tenga que hacer media hora más de jogging. Mi metabolismo ya no es lo que era.

Pero, bueno, ya conocéis mi filosofía (o "filofofez") sobre las mollas, curvas, michelines, engordes y gilidietas (que sé que ya andáis todas* angustiadas con la operación biquini) : la vida es demasiado corta como para pasarla mirando fijamente a una báscula.

* (Este femenino plural es completamente intencional).


INGREDIENTES :

- 2 tazas y 1/2 de harina, con una cucharada sopera de Maizena mezclada en ellas


- 1 cucharada de té de bicarbonato

- 1/2 cucharada de té de sal

- 1 taza de mantequilla blanda, a temperatura ambiente (o aceite de girasol, si queréis mantener a raya el colesterol)

- 3/4 de taza de azúcar moreno claro (demerara)
- 1/2 taza de azúcar blanco

- 2 huevos

- 1/2 cucharada de té de extracto natural de vainilla

- 1/2 cucharada de té de esencia de almendra (se puede remplazar por más extracto de vainilla)

- 1 taza de nueces de macadamia picadas en pedazos grandes (a mí me gustan en mitades)

- 1 taza de pedazos de buen chocolate blanco


ELABORACIÓN :

Precalentar el horno a 180º.

Batir la mantequilla hasta el punto pomada; añadir el azúcar blanco y el moreno y batir rápido hasta que la mezcla quede ligera y blancuzca. Añadir los huevos uno a uno, y finalmente incorporar los extractos de vainilla y almendras.

Tamizar y mezclar los ingredientes secos en un bol aparte : la harina, el bicarbonato y la sal. Combinarlos gradualmente con la mezcla de huevo. Terminar con el chocolate y las nueces.

Poner en una placa de horno sin engrasar, recubierta de pergamino, cucharadas de masa del tamaño de una nuez de California, sin juntarlas demasiado. Aplastarlas ligeramente.

Hornear de 10 a 12 minutos, hasta que estén ligeramente doradas (estas cookies son más bien pálidas). Prever una vuelta ciclista para aficionados, o una media maratón que justifique la ingesta de estos reactores nucleares.

sábado, 3 de abril de 2010

Como unas pascuas



... o lo que es lo mismo, alegres y regocijados de esta primavera temprana y como chutada con esteroides que estamos teniendo (26 graditos, hoy, que tendríamos que estar a 4, estamos pulverizando récords), y sin pensar demasiado en que este día radiante es probablemente producto del recalentamiento planetario (al que debo contribuir bastante, con mi horno en perpetuo funcionamiento), celebramos con la familia quebequesa. Y es que aquí el fin de semana de Pascua (especialmente el domingo), es tradición hacer una comilona familiar.


Au menu: el tradicional jambon à l'ananas et à l'érable (jamón asado con piña y sirope de arce... os lo juro), que no lo perpetro yo porque no me siento con fuerzas de hacerle eso a los restos de un pobre cerdo. De postre, mi contribución a la causa, una tarta de chocolate negro, café y Tía María cuya receta ya publiqué, hecha con una cantidad tan indecente de chocolate y mantequilla, que haría palidecer incluso a Julia Child, y que siempre obtiene un éxito clamoroso.